Talon: un romance del club de motociclistas Warriors, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: La puerta
Terrence contó dos veces el dinero del sobre en la mesa de la cocina, y en ambas le faltaba.
Era el primer viernes del mes.
Todos los primeros viernes manejaba hasta los límites del condado y volvía a casa silbando con ese sobre.
Nunca me había dejado tocarlo ni me había dicho de quién era el dinero.
Estaba en el fregadero, de espaldas a él, enjuagando un plato que ya estaba limpio.
—¿Dónde está el resto, Lexi?
—No sé de qué hablas.
—Hoy limpiaste mi camioneta.
—Me lo pediste.
La silla rechinó al echarse hacia atrás.
Conocía ese sonido. Llevaba cinco años conociéndolo.
—No toqué tu sobre, Terrence.
Cruzó la cocina en tres zancadas y me golpeó con el dorso de la mano.
Mi cabeza chocó contra el borde del gabinete, y la cocina se volvió blanca y luego volvió a ponerse roja.
Estaba en el suelo, con la mejilla contra las baldosas, cuando se agachó y me sujetó la barbilla entre los dedos.
—Di que lo sientes.
La sangre me corrió hacia el ojo izquierdo.
—Lo siento —dije.
—Buena chica.
Se puso de pie, miró sus nudillos y se fue por el pasillo a lavarse las manos.
El agua corría en el baño.
Me quedé tendida escuchándola y hice algo muy sencillo.
Tomé una decisión.
No iba a estar en esa cocina cuando dejara de correr el agua.
Me levanté primero de rodillas y luego me puse de pie.
Las llaves de su camioneta colgaban del gancho junto a la puerta trasera, al lado del calendario de la colecta del concejo municipal, donde aparecía su cara sonriente.
Tomé las llaves.
Perdí un zapato en los escalones traseros y no volví por él.
La camioneta arrancó al primer giro.
Manejé con una mano porque no podía cerrar la muñeca izquierda, y no encendí las luces hasta pasar el final de Alder Street.
El viaje hasta Ridge tomó cuarenta minutos.
No había subido por ese camino en cinco años.
Tampoco había oído la voz de mi hermano en cinco años, aunque todavía me sabía su número de memoria.
Nunca lo había marcado, porque Terrence revisaba mi teléfono.
La reja estaba donde la recordaba: una barrera metálica abatible entre dos pilares de piedra, con un letrero pintado en blanco sobre negro.
BLACK RIDGE WARRIORS MC. PRIVADO.
Detrás, las ventanas de la sede estaban iluminadas y había una hilera de motos en el patio.
Eran casi las dos de la mañana.
Detuve la camioneta, dejé las llaves adentro y me bajé.
La grava me lastimaba el pie descalzo, pero igual caminé hasta la reja.
No había timbre.
Tenía la mano buena apoyada en la barra fría cuando una voz dijo: —Deténgase ahí, señora.
Un hombre salió de la sombra del taller junto a la reja.
Era alto, de al menos un metro noventa, con el pelo oscuro y una barba corta y oscura.
Llevaba un chaleco de cuero negro sobre una camiseta blanca, y tenía aserrín en el vello de los antebrazos.
En el derecho, un tatuaje le iba desde la muñeca hasta el codo: tres garras negras de halcón enroscadas alrededor del hueso.
Me miró la cara durante un largo momento y se le endureció la mandíbula.
—Busco a Dane Hourigan —dije.
—¿Por qué?
—Soy su hermana.
Su expresión cambió; se puso a la defensiva.
—Alexis —dijo.
No le había dicho mi nombre.
—¿Nos conocemos?
—No. —Lo dijo demasiado rápido. Luego, en voz más baja, añadió—: Dane habla de ti.
Eso no era cierto.
Dane no había hablado de mí en cinco años; de lo contrario, me habría enterado.
No tenía fuerzas para discutir.
—Necesito entrar —dije—. Por favor. No tengo adónde ir.
No me hizo ni una sola pregunta.
Levantó la barrera con una mano y me sostuvo por debajo del codo con la otra, con cuidado de no tocarme la muñeca.
—Soy Talon —dijo—. Ven.
La puerta de la sede se abrió antes de que llegáramos.
Un hombre ocupaba todo el marco.
Tenía barba roja, unos hombros que llenaban todo el marco y un chaleco de cuero con el mismo emblema del letrero.
La última vez que lo había visto de cerca, mi hermano era un muchacho alto y risueño.
Ahora no se reía.
Me miró la cara, la sangre en mi camisa y la camioneta junto a su reja, con la puerta abierta, y perdió hasta el último rastro de color.
Había esperado cinco años a que abriera esa puerta.
Me lo había imaginado estrechándome contra su pecho.
—Alexis —dijo Dane—. No puedes estar aquí.
Sus palabras dolieron más que la mano de Terrence.
Talon me apretó el brazo.
—Mírala, Dane —dijo.