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La aurora boreal guarda su lamento, novela · Capítulo 13 de 24

Capítulo 13: Cuarenta noches grabadas

Desde la perspectiva de Iker

Reconocí a Sabina por su crema para manos antes de que llegara a mi puerta.

Olía a almendras.

Se la ponía todas las tardes a las siete, así que todo el corredor sabía cuándo venía.

Me senté en mi litera y dejé que se acercara.

—Te traje té —dijo, y puso la taza de lata en mi mano, con el asa ya girada hacia mis dedos.

Lo había aprendido durante la primera semana.

Entonces se lo había agradecido.

—Gracias —dije.

—Debes estar agotado. Una noche en la caseta de instrumentos, después de todo eso. —Su voz se volvió más baja, cálida y apenada—. Quería decirte que odio que me haya tocado a mí firmar. Alguien tenía que hacerlo, Iker. Mejor una amiga que una desconocida.

—Lo entiendo.

—¿De verdad?

—El nueve. Empacaré.

Me dio unas palmaditas en la rodilla.

Era la misma palmada que le daba al cocinero cuando se le quemaba el pan.

Se quedó un rato, hablando del vuelo y de una clínica en la capital que conocía.

Volví el rostro hacia la ventana y asentí en las pausas.

Cuando se puso de pie, el borrador del documento cayó sobre mi manta.

—Tus páginas más recientes —dijo—. Les di una pulida. Paloma puede leértelas esta noche.

—Claro.

La puerta se cerró.

Escuché sus tacones hasta el final del corredor, luego hasta la puerta exterior y, después, el viento.

Solo entonces solté la taza.

Me temblaba tanto la mano que el té me había caído por la muñeca.

Todas las noches desde la primera en la Base, alguien me había leído mis datos.

Paloma los leía con voz monótona y rapidez, y por eso confiaba en ella.

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