UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

La venganza de la esposa talla grande: De modelo a reina, novela · Capítulo 1 de 24

Capítulo 1: La costura rasgada

Mi vestido de novia se rasgó por la espalda durante el primer baile.

Lo oí antes de sentirlo: un largo y húmedo desgarro de seda.

Los trescientos invitados también lo oyeron.

La banda dejó de tocar, instrumento por instrumento.

La mano de Corbin seguía en mi cintura, pero apartó los dedos.

Eso fue lo primero que noté.

No sostuvo el vestido para cerrarlo. Me soltó.

Uso talla 20 y llevaba siete años oyendo que esa era la razón por la que tenía que esperar.

Siete años de compromiso, porque Corbin nunca estaba listo.

Las pruebas del vestido habían salido perfectas. La costurera había revisado cada costura dos veces.

Miré por encima de su hombro y vi a su madre junto a la torre de champán.

Honoria Hallworth sonreía.

Llevaba seda negra y las perlas que me había dicho que se perdieron hacía años.

Por fin, Corbin habló en voz baja, para que solo yo lo oyera. —Ve a cambiarte, Roxie.

—¿Por qué? No tengo otro vestido.

—Entonces ve a sentarte en alguna parte. Estás haciendo un escándalo.

Alguien cerca del pastel soltó una carcajada.

Se alzó un teléfono, y luego otros tres.

Monique Merrick se deslizó hasta el centro de la pista con una copa en la mano.

Era la modelo estrella de Hallworth, medía un metro ochenta y era delgada como una percha.

También era la mujer con quien Corbin había salido antes que conmigo, aunque nadie me lo había dicho hasta la fiesta de compromiso.

—Creo que deberíamos brindar por la novia —dijo Monique—. Siete años rogándole y, al fin, lo consiguió.

La sala volvió a reírse, más fuerte.

—¿No es ese el sueño? Tener tanta paciencia. Algunas chicas tienen más espacio para esperar.

Honoria alzó la copa. —Por Roxie. Nunca se rindió.

Corbin no dijo nada.

Lo miré y esperé a que dijera algo.

Lo que fuera.

Tenía la mandíbula tensa y la mirada clavada en el suelo.

Entonces entendí que se quedaría ahí parado hasta que yo me fuera.

Durante siete años, me había quedado esperándolo en las puertas.

Había rechazado una campaña en Milán porque él me pidió que me quedara en casa.

Había aprendido a reírme de las bromas de su madre sobre mis caderas.

Aparté la mano de la espalda rasgada del vestido.

Se abrió hasta la cintura.

No me cubrí.

Fui directo al estrado de la banda, pasando junto a las mesas boquiabiertas, y le quité el micrófono al cantante.

—Hola a todos —dije—. Soy Roxie Ludlow, la novia.

Esta vez nadie se rio.

—Esperé siete años por esto. Quiero que todos recuerden que lo hice.

Me temblaba la voz, y la dejé temblar.

—Monique tiene razón. Supliqué. Dejé de trabajar por él. Me hice pequeña en cada habitación donde estaba su madre.

Me saqué el anillo del dedo.

Se atascó en el nudillo, y lo fui sacando despacio, para que todos pudieran verlo.

—Se acabó la espera. Este matrimonio termina ahora mismo.

Dejé el anillo sobre el pastel, hundido en el glaseado blanco, y lo dejé allí.

Por fin, Corbin se movió.

Cruzó la pista a toda prisa y me agarró del codo.

—Roxie, detente. Baja del escenario. Hablaremos en casa.

—Esta es la casa que me prometiste —dije—. Preferiría dormir en la calle.

Se acercó tanto que pude oler su colonia.

La voz de Honoria resonó por toda la sala, dulce y clara.

—Déjala ir, cariño. Para el lunes habrá vuelto.

Me solté de él y recogí la falda con ambos puños.

Hettie Pelham estaba al fondo de la carpa, con su buen cárdigan y mi abrigo sobre el brazo.

No había dicho una palabra en todo el día, pero tenía la cara mojada.

Me sostuvo el abrigo abierto.

Me lo puse sobre el vestido arruinado y recorrí el largo pasillo entre las mesas.

Nadie me detuvo.

En la entrada de la carpa, Corbin me gritó lo bastante fuerte para que todos lo oyeran.

—¡No eres nadie sin mi apellido, Roxie! ¡Nadie en esta ciudad querrá contratarte sin él!

Me detuve.

Me di vuelta despacio.

Trescientos rostros me miraban, y todos tenían el teléfono en alto.

—Entonces, supongo —dije—, que vamos a averiguarlo.

Todos los capítulos · Capítulo 2 →