Se burlaron de mis curvas, así que me casé con el cantinero multimillonario, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: El cantinero toma el micrófono
Mi hermano eligió una gala benéfica para anunciar mi compromiso, porque habría cuatrocientas personas mirando.
Quería humillarme delante de toda la ciudad, y llevaba una tarjeta en el bolsillo para hacerlo.
Lo sabía porque mi hermana adoptiva me había avisado veinte minutos antes.
Me encontró en el guardarropa, acomodándome el cierre del vestido verde.
—Déjame —dijo, y subió el último tramo del cierre sobre mi cadera.
Nuestros padres la acogieron cuando tenía nueve años, y desde entonces ha sido la favorita de papá.
Antes eso no me molestaba.
—Nuestro hermano va a dar un discurso sobre tu compromiso —dijo Camille en voz baja—. Papá ya aceptó. Lo siento mucho, Roz.
Mientras lo decía, giró un pequeño anillo de zafiro en su mano derecha.
Nunca antes había visto ese anillo.
—¿Qué discurso? —pregunté.
—Dijo que estarías agradecida. El hombre que papá eligió para ti escogió el color del vestido, ¿sabías? Dijo que el verde disimula un poco, y que tú necesitas disimular.
Me miré en el espejo.
Tengo veintisiete años y uso la talla 18, y me había encantado este vestido hasta que ella dijo eso.
—Gracias por decírmelo —dije.
Camille me apretó la mano y se fue.
Entré al salón de baile con la barbilla en alto.
Spencer Langdon estaba junto a la torre de champán, rodeado por los socios comerciales de su padre.
Tiene treinta y cuatro años, la mandíbula cuadrada y un bronceado uniforme, y mi padre llevaba un mes llamándolo mi futuro esposo.
Me vio y soltó una carcajada.
—Ahí está. Rosalind, querida, no te excedas con los bocaditos esta noche. No quisiera tener que pagar otro vestido.
Los hombres a su alrededor también se rieron.
Nadie me había preguntado nunca si quería casarme con él.
Mi padre estaba a tres metros, sosteniendo un vaso de whisky, y miraba al techo.
Me di la vuelta y caminé hasta el bar al otro extremo del salón, porque era el único lugar donde no había nadie.
El cantinero ya estaba sirviendo.
Puso frente a mí un vaso de agua con gas y dos limas sobre una servilleta.
Así es exactamente como tomo en las fiestas. Nunca había pedido nada en ese bar.
—¿Noche difícil? —preguntó.
Era alto, de cabello oscuro, camisa blanca arremangada hasta los codos y delantal negro. Parecía tener unos treinta y tres años.
No miró mi vestido ni mis caderas.
Me miró la cara.
—Mi hermano está a punto de anunciar mi compromiso con un hombre que no soporto —dije—. Cuatrocientos invitados. Y después se supone que debo sonreír.
—¿Quieres casarte con él?
—No.
—Entonces no lo hagas —dijo.
Al otro lado del salón, la música se detuvo.
Grayson subió los escalones hacia el escenario con una copa de champán en una mano y una tarjeta blanca en la otra.
Tiene treinta y un años, se parece a nuestro padre y me odia desde que la revista puso mi foto en la portada en vez de la de Camille.
Nunca pedí salir en esa portada.
—Amigos —dijo Grayson al micrófono—. Esta noche es una noche especial para la familia Abbott.
Las miradas se volvieron hacia mí.
Spencer empezó a caminar hacia el escenario, sonriente.
Por fin, mi padre me miró, pero su rostro no expresaba nada.
Se me enfriaron las manos sobre la servilleta.
—Ponte de pie —dijo el cantinero en voz baja.
—¿Qué?
—Dijiste que no querías casarte con él. Ponte de pie, Rosalind.
No sé por qué lo hice.
Tomé mi vaso y me puse de pie.
El cantinero rodeó la barra, se quitó el delantal y lo dobló sobre la baranda.
Luego cruzó el salón de baile en línea recta hacia el escenario.
La presentadora de la noche, una mujer con auriculares, lo vio acercarse y le entregó su micrófono de repuesto sin decir una palabra.
Grayson seguía a mitad de su frase.
—...una joven que siempre ha sido, digamos, bastante difícil de manejar, y esta noche mi padre se enorgullece de...
El cantinero subió al escenario y se colocó a su lado.
—Disculpa —dijo.
Su voz resonó por todo el salón.
Grayson se volvió, molesto.
—Personal, espera tu turno.
—Todos aquí quieren saber con quién se casa Rosalind Abbott —dijo el cantinero, mirando al público—. Puedo acabar con la intriga.
Señaló el bar.
—Su prometido es el hombre que acaba de servirle una bebida.
Cuatrocientas caras se volvieron hacia mí.
Spencer se quedó a mitad de los escalones, con la boca abierta.
El vaso de mi padre cayó al suelo.
Grayson siseó: —Es una broma, ni siquiera te conoce.
El cantinero no apartó los ojos de mí.
Extendió la mano al otro lado de todo el salón, y entendí que esperaba mi respuesta.
Camille estaba junto a los escalones del escenario, con una mano sobre la boca.
Tenía una opción.
Podía negar con la cabeza, quedarme callada, dejar que Grayson terminara y permitir que Spencer me pusiera la mano en la espalda.
O podía caminar.
Así que caminé.
Crucé todo el salón de baile con mi vestido verde y la barbilla en alto, pasando junto a mi padre y a Spencer, y tomé la mano del cantinero.
—Sí —dije por su micrófono, delante de todos—. Me voy a casar con él.
El salón estalló en voces.
Grayson se lanzó a arrebatarle el micrófono.
El cantinero se apartó de su alcance con facilidad.
—Gracias a todos por venir a la gala de mi fundación —dijo—. Soy Jasper Rhodes. Me casaré con Rosalind la próxima semana.
Spencer palideció.
Y mi padre miró fijamente al hombre que me sostenía la mano, y se puso lívido, porque sabía perfectamente quién era Jasper Rhodes.