Para mi Romeo, con amor, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: El número equivocado
La noche que por fin dejé que Fraser McCracken me desvistiera, ya tenía un bulto encima de la clavícula y el resultado de una biopsia en camino.
No se lo había dicho.
No se lo había dicho a nadie.
Era un sábado de octubre y su tienda estaba vacía porque Teddy había llevado a casa a los últimos invitados de la fiesta.
Fraser estaba arriba, en el departamento sobre la tienda, dejando correr agua sobre dos tazas.
Me quedé en el umbral con el cárdigan abotonado mal y el corazón latiéndome con fuerza.
—Ya puedes dejar de lavar eso —dije.
Se dio vuelta con los anteojos levantados sobre la frente.
—Están sucias.
—Romeo.
Dejó la taza sobre la mesa muy despacio.
Lo llamaba así desde que tenía nueve años, cuando trepó por mi enrejado en la oscuridad con una ciruela robada y se cayó del último peldaño.
Nunca lo había dicho de esta manera.
—Pink —dijo, con voz ronca.
—Quiero besarte —dije—. Quiero mucho más que eso.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
No había nada.
Crucé la cocina, le metí las manos bajo la camisa y lo besé.
Dejó escapar un sonido grave desde el pecho y me devolvió el beso.
Su barba me raspó la barbilla.
Tenía las manos tan grandes y era tan cuidadoso al ponerlas en mi cintura que quería gritar.
Le quité la camisa de franela de los hombros y me dejó hacerlo.
Debajo de la camiseta, su cuerpo era firme, ancho y cálido; apoyé la boca en su cuello y probé el sabor del aserrín y el jabón.
—Al dormitorio —dijo contra mi cabello.
—Ahora.
Me levantó en brazos.
Le enrosqué las piernas en las caderas y me reí contra su cuello, porque mido un metro setenta y cinco y nadie me levanta.
Abrió de una patada la puerta del dormitorio con una bota.
Me acostó sobre la colcha que había cosido su madre y se quedó de pie sobre mí, respirando con dificultad.
—Quítate los anteojos —dije.
Lo hizo.
Sin ellos, sus ojos se veían dulces, desenfocados y muy abiertos.
Me incorporé y me quité el suéter por la cabeza.
Me miró con el sencillo sostén gris puesto.
—Dios, Laurel.
—Tócame.
Lo hizo.
Sus pulgares recorrieron mis costillas y subieron; me desabrochó el sostén con dedos temblorosos.
Cuando me cubrió el pezón con la boca, arqueé la espalda sobre la colcha y dije su nombre demasiado fuerte.
Me succionó y lamió hasta que me retorcí debajo de él.
Entonces su mano bajó por mi estómago, se metió en mis jeans y encontró lo mojada que estaba.
Gimió.
—Estás empapada.
—Por ti —dije—. Solo por ti.
Me quitó los jeans y las bragas con ellos, y me besó por dentro de la rodilla, en el muslo y más arriba.
Le hundí las manos en el cabello rubio y corto.
Me lamió despacio y profundamente; luego encontró mi clítoris con la parte plana de la lengua y se quedó allí.
Llegué al orgasmo rápido y con fuerza, clavándole los talones en los hombros.
No paró hasta que empecé a temblar.
Cuando volvió a subir arrastrándose, tenía la barba mojada y los ojos desorbitados.
Tiré de sus jeans y él se los quitó de una patada.
Tenía el pene grueso y duro contra mi cadera; lo rodeé con la mano y vi cómo se le tensaba la mandíbula.
—Laurel. No voy a aguantar si haces eso.
—Entonces no aguantes —dije—. Te quiero dentro de mí.
Lo puse boca arriba y me subí encima.
Lo sostuve en la entrada de mi cuerpo y me hundí un centímetro; sus manos se cerraron con fuerza sobre mis muslos.
Fue una sensación de estiramiento y ardor, y tan buena que olvidé respirar.
Lo recibí hasta el fondo y me quedé así, llena, con la frente apoyada en la suya.
—Te sientes perfecta —dijo—. Contigo me siento en casa.
Empecé a cabalgarlo.
Al principio despacio, luego con más fuerza, mientras sus manos me apretaban el trasero y me atraían hacia abajo con cada embestida.
La cama golpeaba la pared.
Se incorporó para que quedáramos pecho contra pecho y me besó mientras yo me movía.
Sentí que el siguiente orgasmo empezaba a formarse en lo profundo de mi vientre, más intenso que el primero.
—Ven conmigo —dije contra su boca.
Me deslizó una mano entre los dos y me frotó el clítoris con movimientos circulares y rápidos.
Me deshice, solté un grito y me apreté alrededor de él.
Embestió hacia arriba dos veces y llegó al orgasmo con un grito, muy dentro de mí, abrazándome con tanta fuerza que casi me dolió.
Después, nos quedamos enredados durante mucho tiempo.
Me besó el hombro, la sien y la comisura de la boca.
Por primera vez en tres semanas, no tenía miedo.
Me quedé dormida con su brazo cruzado sobre mis costillas.
El teléfono me despertó a las siete y diez.
Era el mío, vibrando sobre su mesa de noche, con un número que había guardado el jueves.
El lado de la cama de Fraser estaba vacío, y podía oírlo en las escaleras.
Contesté debajo de la colcha.
—¿Señorita Pinkney? Habla la enfermera del consultorio de oncología del Centro Oncológico Wornall.
Todo el cuerpo se me quedó frío.
—La doctora quiere verla el lunes a las ocho. Por favor, venga acompañada.
—¿Es grave? —susurré.
—Ella le explicará todo en persona. Lo siento, no puedo decirle más por teléfono.
Dijo la palabra «oncología» dos veces antes de colgar.
Me quedé sentada, con el teléfono en la mano.
Mi madre había oído esa palabra a los cuarenta y cuatro años.
Ella había muerto antes de que yo cumpliera diecisiete.
La puerta del dormitorio se abrió.
Fraser estaba en el umbral con dos cafés, sin camisa y con los lentes torcidos.
Se quedó ahí un segundo de más.
Pensé que solo me estaba mirando.
—¿Quién era? —dijo.
—Número equivocado —dije—. Una de esas llamadas automáticas.
Asintió, entró y dejó un café en la mesita de noche.
Me tocó el cabello con la mano.
—Quédate hoy —dijo—. Haré panqueques. Después quiero llevarte a cenar, a una cena de verdad, con mantel. Hace tiempo que quiero decirte algo, Pink.
Lo miré a la cara, abierta y sincera, y miré la mano que había puesto sobre mi cabello.
Recordé a mi padre en el garaje durante cuatro años después del funeral, lijando la misma tabla.
No podía hacerle eso a este hombre.
Dejé el café y me subí el edredón.
—Fraser, lo de anoche fue un error.