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Tras el accidente: un derrumbe de amor, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El segundo hogar

Celina sigue al chofer de su marido y descubre una casa con dos gemelos que lo llaman papá; cuando la madre le sonríe desde la ventana, Celina llama a un piloto para simular un accidente.

Todos los lunes, antes de las ocho de la mañana, llegaban las rosas.

Rojas, de tallo largo, con una tarjeta sin firma.

Durante cinco años las recibí con el mismo asombro, como si fuera la primera vez que alguien las mandaba.

La gente decía que Fulvio Castellani era el hombre que había cambiado el poder por amor.

Lo decían los periódicos, los reporteros, las señoras del club de Boca del Río.

El heredero de la familia más temida del puerto de Veracruz, que dejó el mando, la sangre y el oro para casarse con una mesera de las colonias de arriba.

Esa mesera era yo.

Me llamo Celina Benítez, tengo veintiocho años y durante cinco creí en ese cuento.

El martes me tocó llevar su traje gris a la tintorería.

Siempre revisaba los bolsillos antes de entregarlo.

Era una costumbre de cuando era mesera y cobraba propinas en servilletas.

En el bolsillo interior encontré un papel doblado.

Un recibo de una juguetería.

Dos bicicletas de equilibrio, azules, talla pequeña.

Fecha del jueves pasado.

Me quedé de pie en el vestidor con el papel en la mano.

Nosotros no tenemos hijos.

Lo intentamos durante tres años, y a los dos primeros meses perdí lo poco que hubo.

Después el doctor dijo que no había nada que hacer, y Fulvio me abrazó una noche entera y dijo que no importaba.

Doblé el recibo y lo guardé.

Llamé al chofer.

"Oiga", dije. "Hoy voy a hacer un trámite. No le diga nada al señor."

"Señora, el señor dejó órdenes..."

"Dígale que me llevó al mercado."

Dudó.

Después bajó los ojos y abrió la puerta del coche.

Lo seguí en un taxi hasta las dos de la tarde.

El chofer salió de la ciudad, cruzó el puente, y tomó una calle de palmeras en Boca del Río, a diez minutos de nuestra casa.

Se detuvo frente a una casita blanca con rejas bajas, un jardín recortado y un columpio colgando de un mango.

Yo pagué al taxista y me bajé dos cuadras antes.

Caminé pegada a la barda de un vecino.

Desde la esquina vi el coche de Fulvio, estacionado frente a la reja.

Un coche que yo conocía mejor que mi cara.

Se me aflojaron las rodillas.

Me apoyé en un poste.

Entonces se abrió la puerta de la casita.

Salieron corriendo dos niños.

Gemelos, de unos cuatro años, con shorts de mezclilla y camisetas rojas, descalzos sobre el pasto.

Gritaban algo, riendo, en un coro agudo.

"¡Papá! ¡Papá!"

Detrás de ellos salió Fulvio.

En camisa blanca arremangada, sin saco, sin corbata.

Se agachó con los brazos abiertos y los niños se colgaron de su cuello.

Los alzó a los dos, uno en cada brazo.

Les besó el pelo.

Los niños tenían los ojos grises.

Los mismos ojos grises que me habían mirado cinco años en la mesa del desayuno.

Detrás de ellos apareció una mujer.

Alta, de melena castaña, en un vestido de algodón amarillo.

Se limpiaba las manos en un trapo de cocina.

Se acercó a Fulvio y le dio un beso en la mejilla, un beso largo, de los que se dan cuando se tiene derecho.

"La comida está lista", dijo.

Él sonrió.

Una sonrisa que yo conocía.

La que me daba a mí cuando yo llegaba de trabajar.

Sentí que algo dentro de mi pecho se rompía sin ruido.

No lloré.

No grité.

Me quedé mirando cómo mi marido se sentaba en una mesita de jardín, con un niño en cada rodilla, y la mujer del vestido amarillo le servía agua de jamaica.

Había juguetes por todas partes.

Un camión de bomberos.

Una pelota.

Un pizarrón con dibujos de tiza.

Un hogar.

Un hogar entero, lleno de risas, que existía a diez minutos del mío.

Entonces la mujer levantó la mirada.

Miró hacia la esquina, hacia donde yo estaba.

No me miró a mí, sino a través de mí, con una calma suave.

Y sonrió.

Alzó la mano y me saludó con los dedos, despacio, como se saluda a una vecina.

Supe que me había visto desde hacía rato.

Supe que sabía quién era.

Supe que estaba esperando.

Me di la vuelta y me fui sin correr.

Esa noche, Fulvio llegó a las nueve con una bolsa de pan dulce y la cara tranquila.

"Perdóname", dijo. "Se me alargó la junta."

Me besó la frente.

Yo le serví la cena.

Hablamos de su día, de un contrato, de la tormenta tropical que se acercaba.

Dormimos en la misma cama.

Él me abrazó por detrás, como todas las noches.

Esperé a que su respiración se hiciera pesada.

Me deslicé fuera de la cama.

Fui al estudio.

Marqué un número que me sabía de memoria desde niña, el de la única persona de su mundo que había querido a mi padre.

Sonó tres veces.

"¿Bueno?", contestó una voz ronca, de hombre mayor.

"Wences. Soy Celina."

"¿Celina? ¿Qué pasa, hija? Es medianoche."

Cerré los ojos.

Respiré hondo.

"Necesito que me ayudes a simular un accidente de jet privado", dije en voz baja. "Es la única forma en que podré dejar a Fulvio Castellani."

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