Tras el accidente: un derrumbe de amor, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: El imperio arde
Desde un motel en el sur, Celina ve por televisión cómo Fulvio incendia almacenes, soborna autoridades y entierra hombres vivos para encontrarla.
Pasé la primera semana en un motel de carretera, en las afueras de Villahermosa, con la televisión encendida y las cortinas cerradas.
Tenía una cama con colcha de flores, un baño con una regadera que goteaba y una mesita con una Biblia.
Wences había comprado ropa de mi talla, dos mudas y un par de tenis.
Me había dado un teléfono sin nombre y un sobre con tres mil pesos.
"Ya no te llamas Celina", dijo. "Te llamas Marina. Marina Aguirre. Nació en Tuxtepec, tiene veintiocho años y le gusta cocinar."
"¿Marina?"
"Tu mamá se llamaba así."
Me tragué un nudo.
Esa tarde, frente al espejo del baño, tomé las tijeras de la cocineta y me corté el pelo.
Era largo, negro, hasta la cintura.
Fulvio lo adoraba.
Lo había enredado en sus dedos cada noche durante cinco años.
Corté de un solo tajo, a la altura de la barbilla.
Los mechones cayeron al lavabo como animales muertos.
Me miré.
La mujer del espejo tenía la cara más afilada, los ojos más grandes y una boca que parecía estar a punto de decir algo.
No me reconocí.
Eso estaba bien.
Salí del baño y me dejé caer frente al televisor.
Todos los canales hablaban de lo mismo.
Tragedia aérea en el Golfo. Desaparecen la esposa del empresario Fulvio Castellani y el piloto de la aeronave. La Marina localiza restos. Busca sobrevivientes.
Pasaban imágenes del mar, de un helicóptero, de pedazos blancos flotando.
Pasaban una foto mía.
La de nuestra boda, de vestido blanco, sonriendo con la boca abierta.
Era una mujer feliz.
Pasé tres días mirando la tele sin comer.
El cuarto día cambiaron las noticias.
Incendios en tres bodegas del puerto de Veracruz.
Autoridades portuarias renuncian en bloque.
Alcalde de Alvarado, bajo investigación por presunto soborno.
Alguien había quemado seis almacenes en una sola noche.
Alguien había comprado a la mitad de la gobernación.
Alguien exigía, con una paciencia aterradora, que revisaran cada metro de agua del Golfo.
El quinto día llegó Wences.
Entró sin tocar, con la gorra calada y una bolsa de tortillas.
Se sentó en la cama.
Tenía los ojos rojos, la cara más vieja.
"¿Qué viste?", preguntó.
"Todo."
"No todo."
Sacó su teléfono, tecleó, y me lo acercó.
Era un video corto.
Una playa de noche, con linternas.
Cinco hombres arrodillados, descalzos, con las manos atadas a la espalda.
Detrás, una fila de palas.
Una voz masculina, joven, que no conocí, decía: "Ellos dejaron subir a la señora sin escolta."
Y otra voz, que sí conocí, grave, pausada, helada, respondió:
"Entiérrenlos."
Se me heló la sangre.
Tardé unos segundos en entender.
Después corrí al baño.
Vomité hasta quedarme sin aliento.
Wences esperó en silencio, con la espalda apoyada contra la pared.
Cuando salí, tenía las rodillas flojas.
"¿Lo hizo?", pregunté.
"Sí."
"¿Los... los enterró vivos?"
"Con las manos atadas. Hasta el cuello. Después, cuando amaneció la marea, se llevó la arena." Bajó la mirada. "Dicen que no gritaron. Solo rezaban."
"Fulvio no es así."
"Hija."
"Él nunca levantó la mano. Nunca. Lo conozco."
"Tú lo conocías a él. Él te conocía a ti. Ninguno de los dos se había visto de verdad."
Me senté en el suelo.
Me abracé las rodillas.
"Tengo que volver", dije. "Tengo que decirle que estoy viva. Que pare."
"No."
"Están muriendo por mi culpa."
"Están muriendo por culpa de él."
"¡Fue mi plan!"
"Fue tu plan para irte, no para que él mate." Se agachó delante de mí. "Escúchame, Celina. Si vuelves ahora, Fulvio aprende que su método funciona. Que basta con enterrar a cinco para recuperarte. Y mañana, cuando se enoje por cualquier cosa, entierra a otros cinco."
"Entonces ¿qué hago?"
"Vives."
"¿Cómo?"
"Despacio. Lejos. Con otro nombre." Hizo una pausa. "Y dejas que el fuego se apague solo."
"¿Y si no se apaga?"
Wences no contestó.
Los dos miramos la pantalla.
En ella, un reportero con micrófono hablaba frente a las rejas de nuestra casa de Boca del Río, empapado por una llovizna.
Familiares y amigos anunciaron que el próximo sábado se realizarán honras fúnebres simbólicas por la señora Castellani. La familia pide respeto.
Wences carraspeó.
"Hija. Hay algo que debo decirte."
"Dime."
"Hace un año me enteré de lo de la casa de Boca del Río. Don Ubaldo me pidió que llevara en el jet a una señora y a dos niños a Mérida, para un chequeo médico. Yo sumé dos y dos."
Alcé los ojos.
"¿Lo sabías?"
"No te lo dije."
"¿Por qué?"
"Por cobarde." Se quitó la gorra. "Y porque pensé que no era mío para contar."
Sentí que me ardía la cara.
Después, poco a poco, la rabia se me fue deshaciendo en una tristeza larga, sin forma.
"Entonces fuiste el único que tuvo la cortesía de ayudarme a irme."
"Soy el único que te debía algo."
Asentí.
Me soné la nariz con la manga.
Miré la tele.
Una foto de Fulvio ocupaba la pantalla completa.
Ojeras.
Barba de varios días.
Los ojos grises, enrojecidos, clavados en la cámara con una fijeza que daba miedo.
Era el rostro de un hombre que no iba a descansar.