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Tres Minutos A Oscuras, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: Noche entera

Cuando el carro de Natalia se perdió por la trocha, Keila me tomó de la camisa y no esperó a que cerráramos la puerta.

"Se fue", dijo contra mi boca. "Hasta mañana en la tarde."

La besé. Fue el beso que había guardado desde la primera noche, sin prisa ni reloj.

Mis manos le subieron el vestido por los muslos y encontraron la piel desnuda de las caderas.

"Aquí no", susurró, y me arrastró hacia afuera. "En la terraza. En la sala hay ojos."

No entendí la frase, y no quise entenderla.

Pasamos el día entero haciéndonos los tontos, y la noche llegó con una paciencia que me dolía.

Cenamos pescado en la mesa grande, uno frente al otro, con sus pies descalzos subiendo por mi pierna debajo del mantel.

A las diez y cuarenta, ella se paró, se quitó el vestido por la cabeza y se quedó de pie frente a mí.

Debajo llevaba un conjunto de encaje negro, con una tanga que apenas existía.

"¿Te gusta?", preguntó.

"No tengo palabras."

"Entonces no hables."

Se sentó sobre la mesa, empujó los platos con el talón, y se tendió de espaldas con las piernas abiertas.

El mar sonaba a media distancia, y las velas temblaban sobre la madera.

Me desnudé sin quitarle los ojos de encima.

Ella me miró la verga con una sonrisa lenta, y se mordió el labio.

"Ven acá, ingeniero."

Me acerqué y me incliné sobre ella.

Su boca sabía a limón y a sal.

Le quité el sostén con los dientes y le chupé las tetas hasta que se retorció.

Bajé por su vientre, besándole el ombligo, y le arranqué la tanga con las dos manos.

"Esa me costó cara", rio.

"Te compro diez."

Mi boca volvió a su chocha, ya empapada, hinchada y abierta para mí.

La lamí despacio, sin prisa, saboreando cada pliegue.

Keila enredó los dedos en mi pelo y levantó las caderas contra mi boca.

"Más", dijo. "Pero ahora te quiero adentro."

Me puse de pie y la tomé por los muslos.

Los apoyé sobre mis hombros, y la punta de mi verga rozó su entrada.

Nos miramos.

No hubo nada que decir. Empujé despacio, y ella abrió la boca sin que saliera ningún sonido.

Entré hasta el fondo, centímetro a centímetro, y la sentí cerrarse a mi alrededor, caliente, estrecha, perfecta.

"Dios", dije.

"No pares", susurró ella. "No te atrevas a parar."

Me retiré despacio y volví a entrar.

La madera de la mesa crujió.

Empecé a moverme con un ritmo lento y profundo, de esos que se sienten hasta la garganta.

Keila me clavó las uñas en los brazos.

"Más fuerte, Cami. Fóllame de verdad. No me trates como a un cristal."

Aceleré. Las caderas me chocaban contra sus nalgas con un golpe húmedo.

Una de las velas se cayó y rodó por la mesa, y ella la apagó con un manotazo sin dejar de gemir.

"Así. Así. Mírame cómo me coges."

La miré.

Tenía la melena abierta sobre la madera, la boca roja y los ojos fijos en los míos, brillando de placer.

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