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Turbulencia En Medias De Seda, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Medias de seda

Tres días sin tocarse y Isaura vuelve del vuelo en uniforme; en la cocina él le rompe las medias y ella le muestra la foto de su marido con otra.

Pasé tres días sin tocarme.

Fue la tarea más difícil de mi vida.

El miércoles me metí a bañar con agua helada.

El jueves, en la clase de Control Digital, el maestro me preguntó por una función de transferencia y yo contesté con el nombre de mi tía.

Nadie se dio cuenta.

Casi.

A las once de la noche estaba en la cocina de la casa, en bóxer, comiéndome un tazón de cereal de pie frente a la barra, cuando oí la llave en la puerta.

Dejé la cuchara.

Los tacones sonaron por el pasillo.

Isaura apareció en el umbral de la cocina.

Traía el uniforme completo, la pañoleta roja, la maleta de rueditas todavía en la mano y el pelo recogido en el chongo de siempre.

Estaba cansada.

Se le notaba en los ojos.

Pero cuando me vio, se le iluminó la cara.

"Mira nada más." Soltó la maleta. "Qué niño tan bien portado."

"Tres días", dije. "Y tres noches."

"¿No te tocaste?"

"No."

"¿Ni una vez?"

"Ni una."

Se acercó con paso lento, haciendo sonar los tacones.

Se paró frente a mí.

Olía a avión, a jabón de hotel y a su perfume.

"Quiero verlo", dijo.

Me bajé el bóxer.

Mi verga saltó libre, dura desde antes de que ella entrara.

Isaura la miró con una sonrisa de gato.

"Ay, pobrecito. Cómo te ha de doler."

"Un poco."

"Un poco mucho."

Rodeó la barra, se quitó la pañoleta de seda y la dejó sobre el banco.

Luego me miró otra vez, de arriba abajo.

"Hoy mando yo", dijo. "¿Entendido?"

"Sí, señora."

"No me llames señora."

"Sí, Isaura."

"Mejor."

Se subió la falda.

Se la subió despacio hasta la cintura, mostrando el borde oscuro de las medias de seda y las ligas que las sostenían, el encaje de unos calzones blancos y la piel suave de los muslos.

Se sentó en la barra de granito, con las piernas abiertas, y apoyó los tacones en mis hombros.

"Ven aquí."

Me acerqué.

Ella tomó mi mano y la puso sobre la media, en la pantorrilla.

La seda era fina, tersa, fresquísima.

"Dime qué sientes."

"Que me vuelvo loco."

"Más."

"Quiero romperlas."

Sonrió.

"Rómpelas."

"¿Segura?"

"Traigo cuatro pares en la maleta. Rómpelas, Lucho."

Metí los dedos en el borde de la media, a la altura del muslo, y tiré con fuerza.

El nylon se rasgó con un sonido seco, largo, delicioso.

Ella echó la cabeza atrás y soltó una risa baja.

"Así. Otra."

Rasgué la otra pierna.

Dejé la tela abierta en tiras sobre sus muslos, con la piel desnuda asomando por los huecos.

Estaba tan caliente que me temblaban las manos.

Le arranqué los calzones.

Quedaron colgando de un tacón.

Ella abrió las rodillas y se recargó en los codos sobre el granito.

"Cómeme. Ya."

Me arrodillé en la cocina, entre sus piernas, con la luz del refrigerador a mis espaldas.

Pasé la lengua por su panocha de una sola vez.

Ella gimió y me agarró del pelo.

"Eso. Así. No hables, Lucho, solo hazlo."

Le chupé el clítoris con labios y lengua, despacio, y metí dos dedos dentro de su calor mojado.

Los curvé hacia arriba, como me había mostrado con la mano la otra noche.

Ella apretó los muslos contra mis orejas.

"Ahí. Ahí. No pares."

Seguí.

Cada vez que se tensaba, yo subía el ritmo, y cuando se aflojaba, lo bajaba.

La estaba llevando de un lado a otro, como a un barco entre las olas.

"Eres un monstruo", jadeó. "¿Quién te enseñó?"

"Tú."

"Ay, Dios."

Se vino con un temblor que le subió desde los pies, con los tacones clavados en mi espalda.

Se quedó sin voz.

Mojada, brillante, con el chongo deshecho y la cara descompuesta, se veía más hermosa que cuando entró.

Me puse de pie.

Ella me jaló de la camiseta y me besó con furia.

"Ahora cógeme."

"Aquí."

"Aquí. Donde sea. Rápido."

La bajé de la barra y la giré.

Le puse las manos sobre el granito y le subí más la falda.

Su culo redondo quedó frente a mí, con las medias hechas jirones.

Me agarré la verga y se la restregué entre las nalgas, de arriba abajo.

"No juegues", gimió.

"Tú me hiciste esperar."

"Lucho..."

La penetré de golpe.

Ella gritó, apretada contra la barra, con los dedos arañando la piedra.

Empecé a empujar.

Sin lentitud, sin ceremonias, de una vez, con la urgencia de tres días de espera y tres noches en vela.

El granito helado, su cuerpo caliente, el sonido húmedo de cada golpe.

Sus tacones resbalaban en el piso.

La sujeté por la cintura y la levanté un poco, para que cada embestida llegara más profundo.

"Así", lloriqueaba ella. "Dame, dame, dame."

"Qué rica panocha tienes."

"Dímelo otra vez."

"Rica. Mojada. Mía."

Se estremeció.

"No es tuya."

"Es mía."

"Todavía no", jadeó. "Pero casi."

La halé del pelo, con suavidad, para que arqueara el cuello.

Ella gimió, y vi en el reflejo de la puerta del horno cómo se le cerraban los ojos.

Le metí una mano por debajo y le froté el clítoris.

No tardó nada.

Se vino otra vez, gritando, con el cuerpo entero vibrando, y yo dejé de pensar.

Me clavé hasta la raíz y me vine con un rugido, apretándole las caderas, con la frente pegada a su espalda.

Nos quedamos así.

Jadeando.

Con el refrigerador zumbando.

Ella tardó un poco en hablar.

"¿Sabes qué me gusta de ti?"

"¿Qué?"

"Que no me pides permiso."

La ayudé a girarse.

Estaba despeinada, sudada, con las medias en tiras.

Me acarició la mejilla con el dorso de la mano.

"Me va a hacer falta una ducha", dijo. "Y una copa."

Nos servimos vino tinto en dos tazas del desayuno.

Nos sentamos en el piso de la cocina, ella con las piernas cruzadas y la falda arrugada, yo con mi bóxer a medio poner.

Miraba su taza sin beber.

"Lucho, tengo que enseñarte una cosa."

Se me fue la sonrisa.

"¿Qué cosa?"

Sacó el celular de la bolsa de la falda.

Entró a una carpeta, buscó una foto, y me la mostró.

Era un bar de hotel, con luz anaranjada.

Una mujer joven, de pelo rubio y uniforme de piloto, reía recargada en un hombre con la camisa blanca desabotonada.

El hombre era mi tío Gumaro.

Tenía la mano en la rodilla de la mujer.

Isaura no pestañeó.

"Se llama Nadia", dijo. "Es su copiloto. Esa foto es de marzo."

"Tía..."

"Lo sé desde marzo", repitió, tranquila. "Y nunca dije nada."

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