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Un Anhelo Sin Final, novela · Capítulo 1 de 24

Capítulo 1: El sello falso

Amelia pide la reposición de su acta de matrimonio y le dicen que es falsa. En casa oye a su esposo hablar con el abogado.

El empleado de la Municipalidad de Miraflores miró mi acta de matrimonio durante un minuto entero.

Luego la pasó por una lámpara de luz morada, y después por otra, y por fin levantó la vista.

"Señora Gamarra, este documento no es auténtico."

Yo había ido solo a pedir una copia.

Mi acta se había mojado con una gotera, y necesitaba una nueva para renovar mi visa de viaje.

"Debe haber un error", dije. "Es el original. Nos casamos hace cinco años, aquí en Lima."

"El sello es falso. La firma del registrador también."

Tecleó mi DNI en la computadora y esperó.

Después tecleó el de mi esposo, Hugo Larco.

Me miró con una expresión que reconocí, la de quien ya sabe que va a dar una mala noticia.

"Señora, el sistema indica que usted figura como soltera."

Sentí que el piso se movía bajo mis zapatos.

"Eso es imposible."

"Y el señor Larco figura como casado."

"Entonces tiene que haber un registro", dije. "Búsquelo otra vez."

Él volvió a teclear.

"Sí. Hace cinco años y dos meses. Con Carolina Maúrtua."

El nombre no me decía nada, y al mismo tiempo me lo decía todo.

Una vez, en la boda de un primo, había visto su foto de lejos: una mujer alta, de pelo corto, en un traje sastre gris.

Hugo me dijo que era una socia de la empresa.

Me apoyé en el mostrador con las dos manos.

El empleado me devolvió los papeles en un sobre de manila.

Arriba, en letras doradas, brillaba la frase "Acta de Matrimonio".

Me dolieron los ojos al mirarla.

Salí a la calle y caminé sin rumbo por el parque Kennedy, entre palomas y turistas.

Cinco años.

La iglesia de San Isidro estaba llena de flores blancas.

Yo llevaba un vestido de encaje y lloraba porque mi mamá, ya muerta, no pudo verme caminar al altar.

Hugo, con su traje azul, me había puesto el anillo en el dedo.

El cura había dicho: "Los declaro marido y mujer."

Yo había firmado en un libro.

Pensé que tenía que ser un error de computadora.

Pensé que el registrador se había equivocado de apellido.

Tardé casi dos horas en convencerme de que no.

Cuando llegué a nuestro departamento de San Isidro, ya había oscurecido.

Abrí con mi llave.

Las luces del pasillo estaban apagadas, pero se veía una raya amarilla bajo la puerta del estudio de Hugo.

Oí voces.

Me quedé quieta, con el sobre contra el pecho.

Reconocí la segunda voz.

Era el abogado de la familia Larco.

"Señor Larco, ya han pasado cinco años", decía. "¿No considera darle a su esposa un reconocimiento formal?"

Hubo un silencio largo.

Después, la voz grave de mi marido, esa que yo creía conocer mejor que la mía.

"Esperemos un poco más. Carolina sigue en Madrid, ocupándose de la sucursal. Si la dejo ahora, el contrato de los terrenos se cae."

"Pero Amelia..."

"Amelia no pregunta. Nunca ha preguntado."

Me tapé la boca con la mano.

"El matrimonio de usted con la señora Maúrtua solo existe en el papel", insistió el abogado.

"Si ella decide pedir la anulación, puede irse cuando quiera."

"No lo va a hacer. Su padre le debe demasiado a mi abuelo."

"¿Y la señora Amelia?"

"A ella la quiero", dijo Hugo, con una ternura que me dio ganas de gritar.

"Se queda con nosotros hasta que arreglemos todo. No le falta nada, no sospecha nada."

El abogado carraspeó.

"¿Y si algún día se entera?"

Hugo soltó una risa corta.

"Se casó conmigo con los ojos cerrados. Aceptó lo que le di. Con ella siempre he podido."

Sentí que algo dentro de mí se rompía en silencio, como una cuerda de chelo cuando la afinas demasiado.

No hice ruido.

Dejé las llaves sobre la mesa del recibidor, muy despacio, para que no sonaran.

Salí del departamento sin que nadie me viera, bajé por la escalera de servicio y me senté en el último escalón.

Respiré hasta que se me pasó el temblor.

Luego saqué mi celular y busqué un nombre que nunca había buscado.

Carolina Maúrtua.

Había una sola foto de perfil, en blanco y negro.

Una mujer seria, de ojos cansados, mirando a la cámara como si nadie le hubiera preguntado nunca qué quería.

Me quedé mirándola mucho rato.

Después apagué la pantalla.

Esa noche regresé al departamento a las once, como si nada hubiera pasado.

Hugo me esperaba en la sala con una copa de vino y una sonrisa.

"Mi amor, ¿dónde estabas? Tengo una sorpresa para nuestro aniversario de mañana."

Lo miré.

Y por primera vez en cinco años, lo vi.

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