Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: La rodilla
En su tercer aniversario, Claudio se arrodilla ante Oriana y Javiera le dice que esta es la cuarta oportunidad.
El día que cumplíamos tres años de casados, mi esposo invitó a todos sus amigos a celebrarlo.
Yo llegué tarde a la terraza del restaurante, con el abrigo todavía puesto y una bolsita de farmacia escondida en la cartera.
Esa mañana había hecho un test de embarazo en el baño del consultorio, y las dos rayitas rosadas seguían ardiéndome por dentro.
Quería decírselo a Claudio al final de la cena, con una copa en la mano, a solas.
Subí por la escalera de caracol, entre faroles y guirnaldas de luces, y lo primero que oí fue un coro de risas y aplausos.
Lo segundo que vi fue la espalda ancha de mi marido, de rodillas, en el centro de la terraza.
Frente a él, de pie, con las manos en la boca, estaba Oriana Barros.
Claudio sostenía una cajita de terciopelo abierta, con un anillo de plata.
"Oriana", dijo, con la voz de las grandes ocasiones, "¿quieres casarte conmigo?"
Los treinta invitados gritaron, silbaron y levantaron los celulares.
Yo me quedé quieta en lo alto de la escalera, con la mano en la baranda.
Oriana lloraba, con los ojos enormes y las mejillas mojadas.
"Sí", dijo, entre sollozos. "Sí, acepto."
Más gritos, más aplausos.
Y en la cabecera de la mesa, doña Gilda Echenique, mi suegra, levantó su copa de champaña y sonrió con los labios finos.
Hacía treinta segundos que había llegado, y ya sabía quién había planeado esto.
Bajé los tres escalones que me separaban de la terraza, y caminé entre las mesas con los tacones golpeando la madera.
Las risas fueron apagándose una a una.
Claudio me vio.
Se puso de pie con la cajita en la mano, y por un segundo tuvo la cara de un niño sorprendido robando galletas.
"Javiera", dijo. "Llegaste."
"Llegué."
"Es un juego. Verdad o reto. Le tocaba un reto a Oriana y le tocó a ella pedirme algo."
"¿Y qué te pidió?"
"Que me arrodillara y le propusiera matrimonio."
"Qué creativa."
"Era una broma."
"Qué gracioso."
"Javiera, no seas dramática."
Dos o tres amigos soltaron una risita nerviosa.
Oriana se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
"Amiga", dijo con su voz de pájaro herido, "de verdad es un juego. No te enojes. Me da mucha vergüenza."
Los ojos de todos estaban clavados en mí.
Los de Claudio, impacientes.
Los de su madre, disfrutando.
Hacía tres años que yo aguantaba esa mirada.
Aguanté otra vez.
Respiré hondo.
"Claudio", dije, con calma. "¿Cuántas veces van?"
"¿Qué cosa?"
"Las veces que me has dejado en ridículo por ella."
"No empieces."
"El cumpleaños de Oriana, cuando me plantaste dos horas en un restaurante. El viaje a Chiloé que cancelaste porque ella tuvo una crisis. El funeral de mi abuela, al que no llegaste."
Los invitados dejaron de moverse.
"Esa fue la tercera. Esta es la cuarta."
"Javiera..."
"Te dije que te daría cinco oportunidades. Es la cuarta."
Se hizo un silencio total, de iglesia.
Claudio apretó los dientes.
"Estás haciendo un escándalo."
"No. Escándalo es arrodillarse frente a tu mejor amiga el día de tu aniversario."
"Es un reto de amigos."
"Entonces yo también hago uno."
Metí la mano en la cartera, sacé la alianza que llevaba en el dedo, y se la puse sobre la palma de la mano.
"Mi reto es que la guardes hasta que pienses qué vas a hacer con la quinta."
Los invitados contuvieron el aliento.
Claudio miró el anillo, luego mi cara, y soltó una risa corta, de superioridad.
"No te vas a ir."
"Veremos."
"Eres mi esposa."
"Por ahora."
Me di la vuelta.
Escuché detrás un murmullo, un grito apagado de Oriana, el crujido de la silla de doña Gilda.
Bajé la escalera de caracol con el corazón desbocado, pero sin apuro.
En la calle hacía frío y soplaba un viento seco.
Me senté en el cordón de la vereda, con la cabeza entre las rodillas.
Saqué de la cartera la bolsita de la farmacia y miré otra vez las dos rayas.
Mi marido acababa de proponerle matrimonio a otra mujer delante de treinta personas, y yo llevaba a su hijo en el vientre.