Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 10 de 24
Capítulo 10: La lluvia
"Buenos días", dijo Danilo, con la voz tranquila de siempre. "Perdón, no quería interrumpir."
Me extendió una de las tazas.
La tomé, sin mirar a Claudio.
"Gracias."
"Soy el vecino de al lado", dijo Danilo, tendiéndole la mano al otro hombre. "Danilo Arriagada."
Claudio miró la mano abierta.
Después me miró a mí, y comprendió algo.
Lo vi pasar por su cara, como una nube sobre un lago.
"Claudio Echenique", dijo, y le estrechó la mano.
"Mucho gusto."
"Igualmente."
Los dos se soltaron a la vez.
Un silencio incómodo se instaló sobre el banco.
"Debo volver a Santiago", dijo Claudio al fin, poniéndose de pie. "Hay un directorio mañana."
"Que le vaya bien."
"Javiera."
"Dime."
"Voy a volver."
"No tienes por qué."
"Voy a volver igual."
Se alejó por la costanera, con las manos en los bolsillos y los hombros hundidos.
Lo seguí con la vista hasta que la niebla se lo tragó.
Danilo se sentó a mi lado, sin preguntar nada.
Sorbimos el café en silencio.
"Era él", dijo después de un rato.
"Era él."
"Parece un buen tipo."
"Lo es. Y eso es lo peor."
Se rio, bajito.
"Esa frase la he dicho yo mismo, de otra persona."
Me volví a mirarlo.
Tenía una gota de lluvia en la pestaña, y no se la había secado.
Esa tarde cambió el tiempo.
El cielo, que llevaba una semana gris, se puso negro como una olla, y a las cinco empezó a caer una lluvia de verdad, horizontal, con ráfagas que hacían crujir las ventanas.
A las seis, Danilo golpeó mi puerta.
Traía el impermeable amarillo, un casco de obra y una cara seria.
"Las mallas", dijo. "Con este viento se las va a llevar. ¿Me puedes ayudar a amarrarlas?"
No lo pensé.
"Dame un minuto."
Subimos al cerro bajo un diluvio, con linternas, cuerdas y el perro cojo ladrando atrás.
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