Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 7 de 24
Capítulo 7: Atrapanieblas
A las siete menos diez de la mañana estaba en la puerta de la casa azul.
Llevaba botas prestadas, el abrigo de mi abuela y un cuaderno de dibujo bajo el brazo.
Danilo abrió con una taza de café en cada mano.
"No pensé que viniera."
"Yo tampoco."
"¿Quiere el café con azúcar?"
"Con lo que haya."
Subimos al cerro por un camino de tierra rojiza, con el perro delante y la niebla pegándose a la ropa.
El aire era frío y olía a eucalipto mojado.
Después de veinte minutos de ascenso, el camino se abrió a una ladera despejada.
Diez grandes mallas verdes se alzaban entre postes de madera, goteando.
Debajo de cada malla corría una canaleta de plástico que desembocaba en un tanque azul.
El agua caía con un tintineo suave, constante.
Me quedé quieta.
"Es hermoso", dije.
"Espere a ver esto."
Abrió la llave de un tanque, y me puso las manos bajo el chorro.
Estaba helada y limpia, con sabor a hierba.
"Eso era niebla hace una hora", dijo.
Una mujer bajaba por el sendero con dos baldes vacíos y una niña pequeña de la mano.
Saludó a Danilo con un gesto, llenó los baldes, y me sonrió.
"Gracias, ingeniero."
"No me agradezca, señora. Agradézcale a la neblina."
"Gracias, pues, neblina."
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