Amor profundo que llega tarde, novela · Capítulo 11 de 24
Capítulo 11: El asado
La casa de mi tío en Vitacura tenía un quincho de ladrillo con una parrilla para treinta personas.
Ese domingo había cuarenta.
Tíos, primos, abuelos, vecinos y dos amigos del dueño de casa, todos con un vaso en la mano y un plato de papas.
El humo olía a carne y a leña.
Mi madre y yo llegamos a las tres.
Entré con un vestido azul sencillo y el pelo suelto, y fui saludando uno por uno.
Todos me abrazaron con exceso.
"¡Qué susto, Isa!"
"¡Un milagro!"
"¡Qué valiente!"
Nadie sabía de la amnesia, salvo mi madre.
Ignacia estaba en el centro del patio, en una silla de mimbre, con el cabestrillo y un vestido blanco.
Rodeada de primas que le acercaban jugo y le alisaban el pelo.
Me vio llegar y sonrió con la boca apretada.
"Prima. Viniste."
"Vine."
"Qué bien. Hoy es un día de celebración."
Me senté lejos, en una banca de madera, con la espalda contra la pared.
Tobías llegó a las cuatro.
Entró por el portón con una camisa gris y un pendrive en el bolsillo.
Saludó a mi tío con la mano.
Saludó a las tías con la cabeza.
A mí no me miró.
El tío, un hombre robusto de sesenta años, con bigote y delantal de parrillero, lo recibió con una palmada.
"¡Tobías! ¿Qué te pasa? Pareces fantasma."
"Tío, necesito unos minutos de todos."
"¿Ahora? Estamos en lo mejor de la carne."
"Es importante."
Mi tío frunció el ceño.
Después levantó la voz.
"¡Atención, atención! ¡Tobías quiere decir algo!"
El patio se fue callando.
Tobías subió a la tarima de madera donde estaba el televisor grande.
Conectó el pendrive.
Ignacia se enderezó en su silla.
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