UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

Aprendiendo a que Me Manejen, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: Cumbayá

Cristian bajó del Mazda.

Yo me quedé inmóvil, contra el pecho de Rafael, con el corazón latiéndome en las orejas.

La camioneta no tenía luces.

Los vidrios estaban empañados por completo.

Si él daba cuatro pasos más y miraba por el parabrisas, nos veía.

"No te muevas", susurró Rafael.

"No me muevo."

"No respires."

"No respiro."

Cristian caminó hasta el muro de piedra del mirador, a ocho metros de nosotros.

Se apoyó en él, de espaldas a la camioneta, y levantó el celular.

Sacó una foto del valle.

Otra.

Una selfie con el cerro detrás.

"Está haciendo contenido", murmuré.

"Lo sé."

"Siempre hace contenido."

"Cállate, Lucero."

Pasaron los minutos más largos de mi vida.

Cristian tecleó algo en el celular, soltó una risita, se acomodó el pelo, caminó de regreso a su carro y arrancó.

Las luces se alejaron por la loma.

Nos quedamos en silencio.

Después Rafael soltó una carcajada ahogada, y yo escondí la cara en su cuello, riéndome con él, con lágrimas en las mejillas.

"No nos vio."

"No nos vio."

"Pensé que iba a morir."

"Yo también."

"Tengo que dejar de hacer esto", dijo, entre risas.

"Dígamelo mañana."

Me miró.

La risa se le fue apagando.

Me acarició la mejilla con el pulgar.

"No debería importarme tanto", murmuró.

"¿Qué?"

"Lo que piense mi hija."

No contesté.

Pero me quedé pensando en eso toda la noche.

Andrea viajó el jueves a Cuenca con su curso, tres días de visita a una obra patrimonial.

Me mandó un mensaje desde el bus.

"Cuida a mi papá, que se pone triste solo. Le dije que te invite a cenar."

Se me contrajo el estómago.

Rafael me escribió una hora después.

"Mi hija dice que debo invitarte a cenar."

"Ya me enteré."

"¿Qué te parece?"

"Que es una pésima idea."

"Estoy de acuerdo."

"Pero voy."

Llegué a las ocho de la noche a la casa de Cumbayá.

Era una construcción de ladrillo y madera, con un jardín lleno de lavandas y un perro viejo dormido en la entrada.

Rafael abrió la puerta con una camisa blanca arremangada y las manos húmedas.

"Estoy cocinando."

"Ya lo huelo."

"Pasa."

Pasé.

La casa olía a ajo, a cebolla frita y a la madera lustrada de los pisos.

Había libros por todas partes, planos enrollados sobre una mesa de dibujo, y fotos enmarcadas de Andrea de niña.

Me detuve frente a una.

Andrea a los cinco años, con trenzas y sin dientes, sobre los hombros de su padre.

Sentí una punzada de culpa, filosa, rápida.

Rafael se me acercó por detrás.

Me puso las manos en los hombros.

"Es lo único que me da miedo", dijo.

"Lo sé."

"No tú. No esto. Lo que pase con ella."

"Yo también."

Cenamos arroz con pollo y ensalada, en la cocina, con una botella de vino tinto.

Hablamos de todo menos de nosotros.

De arquitectura, de la práctica que me esperaba, de sus obras, de una presa que construyó en el oriente.

Me reí varias veces.

Él también.

Cuando acabamos, lavamos los platos juntos, hombro con hombro, sin decirnos nada.

Sigue leyendo gratis con una cuenta. Empieza Aprendiendo a que Me Manejen desde el Capítulo 1 y luego crea una cuenta gratis para leer el resto de este capítulo.

← Capítulo 3 · Todos los capítulos · Capítulo 5 →