Así que hui con mis gemelos, novela · Capítulo 5 de 12
Capítulo 5: La radio
El hombre del sombrero de paja no volvió esa semana.
Eso fue lo que más me asustó.
Everardo salió dos veces a pedir informes al embarcadero, y volvió con la misma cara de piedra.
"Se fue en la lancha del domingo. Tomó un taxi hasta Pinotepa. Nadie sabe más."
"Mandó la foto a alguien."
"A alguien con dinero."
"A doña Ernestina."
No dije el nombre en voz alta hasta ese día.
Era una voz seca y fina que me perseguía en sueños, la voz de la mujer que había llamado "estéril" a mi cuerpo durante cinco años.
Cada tarde el aire se llenaba de un zumbido de insectos y de humo de leña.
Trabajé en lo que pude: cociné, lavé, remendé redes con la vecina, me hice amiga de las gallinas.
Por las noches, Everardo y yo cenábamos en la mesa, bajo la lámpara, y hablábamos de todo menos de lo que pasaba entre los dos.
Dormíamos en la misma cama, con medio colchón de paja de distancia, y cada madrugada despertábamos más cerca.
Una noche, la radio de pilas de la vecina sonó tan fuerte que la oímos desde la casita.
Era una estación de Monterrey que llegaba entrecortada, con ruido de estática.
"...falleció esta madrugada a los veintinueve años la señora Azucena Villarreal, quien había dado a luz hace dos semanas al hijo del empresario Misael Treviño..."
Me quedé de pie, con la cuchara en el aire.
Everardo apagó el fogón.
"Siéntate."
"Se murió."
"Sí."
"Se murió, y yo la estaba odiando."
No supe qué hacer con ese sentimiento.
Azucena nunca me había hecho nada directo.
Me sonreía en las fiestas, con sus ojeras y su pelo ralo, y me pedía perdón por existir.
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