Capo, tu amor ya no significa nada, novela · Capítulo 10 de 16
Capítulo 10: La mesa larga
El club viejo de La Boca olía a madera encerada, a tabaco y a vino de cuarenta años.
Nazario me esperaba en la puerta, con el traje planchado y los zapatos lustrados.
"Pensé que no iba a venir", dijo.
"Yo también."
"Me alegro de que viniera."
Llevaba en mis manos una carpeta azul con una sola hoja y un sobre plastificado.
La carpeta era para el final.
El sobre era para ahora.
Cruzamos la antesala, la misma de la caja de madera, y empujé la puerta de roble de la sala grande.
Doce hombres estaban sentados alrededor de una mesa larga.
Los capos de la familia Cassano, de los muelles, de los casinos, de los talleres.
En la cabecera, con la chaqueta sobre los hombros para tapar la venda, estaba Fermín.
A su izquierda, don Genaro, sereno, con las manos cruzadas sobre el vientre.
Y detrás de Genaro, en una silla aparte, con lentes oscuros y un pañuelo de seda al cuello, Candela.
Todos se callaron al verme.
"La señora Cassano", dijo Fermín, poniéndose de pie despacio. "Tiene derecho a hablar en esta mesa, si quiere."
"Quiero."
"Entonces siéntese."
Me indicó la silla de su derecha.
Era mi lugar de siempre.
Lo ocupé.
"Capos", dijo Fermín, "los llamé por un asunto grave. Hay una acusación, y la señora la trae."
Genaro levantó una ceja.
"¿Una acusación contra quién, patrón?"
"Contra su hija."
Candela se quitó los lentes con un gesto teatral.
"¿Contra mí? ¿Qué hice yo?"
"Eso lo va a decir ella."
Me puse de pie.
No levanté la voz, pero en esa sala el silencio era tan grande que no hizo falta.
"Hace catorce meses, la noche en que nació mi hijo, Fermín estaba en esta misma sala, en la reunión sellada con los Montenegro."
Algunos capos asintieron.
"Los teléfonos estaban afuera, en una caja. Candela los guardaba. Yo llamé a mi marido once veces entre las 23:52 y las 02:10."
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