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Capo, tu amor ya no significa nada, novela · Capítulo 13 de 16

Capítulo 13: Las tres de la mañana

Firmé los papeles a las cuatro de la tarde.

La abogada me estrechó la mano, el fondo quedó creado y la enfermera me miró desde el fondo del pasillo sin decir nada más.

Yo tampoco dije nada.

Salí a la calle, caminé dos cuadras bajo el sol, y volví.

A las dos y cuarenta de la madrugada estaba otra vez en el sexto piso.

Esperé en la sala de neonatología con un café frío entre las manos.

La enfermera apareció a las tres menos cinco, con un delantal verde y los ojos cansados.

"Vino", dijo.

"Lo sé. ¿Puedo verlo?"

"Venga. Pero en silencio."

Me llevó por un pasillo largo, de luces bajas y piso brillante.

Al fondo había una pared de vidrio.

La reconocí antes de llegar.

Era el mismo vidrio donde yo había apoyado la mano durante tres días.

Me detuve a un metro del cristal, sin atreverme a acercarme.

Del otro lado, en la penumbra, había una fila de incubadoras con lucecitas verdes.

Y junto a la última, en una mecedora de madera, estaba Fermín.

Sin saco, con las mangas de la camisa arremangadas y el hombro vendado marcándose bajo la tela.

En los brazos tenía un bebé.

Pequeñísimo, envuelto en una manta amarilla, con un gorrito blanco que le tapaba las orejas.

Fermín lo sostenía con las dos manos enormes, como quien lleva un vaso lleno hasta el borde.

Movía los labios.

Hablaba.

"Está contándole el partido", susurró la enfermera. "Todas las noches. Boca, River, lo que haya."

Casi me río, y se me cortó en el pecho.

"¿Desde cuándo?"

"Desde la noche después del entierro. Vino a las tres, preguntó si había algún bebé sin visitas, y yo le dije que sí, que siempre hay. Se sentó en esa silla y no se movió hasta las cinco."

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