Cuando el Alfa Me Reclamó... Ya Era Demasiado Tarde, novela · Capítulo 6 de 12
Capítulo 6: Plata en el hueso
Tardé tres días en poder caminar sin que el pecho me ardiera.
Al cuarto día me pusieron una bata blanca en las manos y me dijeron que había un herido.
La sede del Cuerpo Sanador Luna Nueva era un edificio de piedra y vidrio a orillas del río Simpson, en Coyhaique.
Tenía tejado de pizarra y una nieve fina caía sobre el techo.
Adentro olía a hierbas hervidas, alcohol y madera.
Había cuarenta sanadores, quince camas y un equipo de campo que salía a cualquier manada del continente que pidiera auxilio.
Y desde hacía cuatro días, una oficina con mi nombre en la puerta.
La entrada del hospital se abrió de golpe.
Cuatro lobos de patrulla entraron cargando a un quinto en una camilla improvisada de ramas y mantas.
Era un hombre joven, de unos veinte años, con una pierna destrozada y el muslo hinchado como un tronco.
Le habían enrollado alambre alrededor de la herida.
Un alambre brillante, gris azulado.
"Plata", dijo uno de los lobos, jadeando. "Trampa de cazadores. Llevamos seis horas de camino."
Lo tendieron sobre la mesa.
Me acerqué y le abrí la manta.
La plata se había hundido en la carne hasta el hueso.
Alrededor de la herida, las venas se veían negras, ramificadas, extendiéndose hacia la ingle.
"Hay que amputar", dijo una voz detrás de mí.
Era un sanador mayor, de pelo gris cortado al ras, que me miraba con cara de desconfianza.
"El veneno ya subió a la cadera. Si no cortamos ahora, le llega al corazón."
"Todavía no."
"Doctora, con el debido respeto..."
"Todavía no", repetí. "Tráiganme sal gruesa, raíz de angélica y cuatro litros de agua tibia. Y que alguien sujete al paciente."
El sanador viejo dudó.
"Haga lo que dice", dijo una voz tranquila desde la puerta.
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