De su escudo a su pesadilla, novela · Capítulo 10 de 20
Capítulo 10: La jaula de plata
Los barrotes eran de plata pura.
Me di cuenta en cuanto las Guardas se apagaron sobre mi piel, una a una, como velas bajo un vaso.
La plata no me hacía daño.
Pero apagaba lo que me había hecho fuerte.
Me quedé en el centro de la jaula, de pie, con las manos a los costados.
Era una celda circular, de tres metros, en un sótano del que ni siquiera sabía que existía.
Había una cama de piedra, una cubeta de agua y un candil.
Y fuera, a pocos pasos de los barrotes, dos sillas de terciopelo y una mesita con una botella de vino.
Eulalia se sentó en una.
Se sirvió una copa.
Su bata blanca brillaba bajo la luz del candil.
"Perdóneme la incomodidad", dijo. "No es lo que quería para usted."
"Seguro."
"Me habría gustado que firmara el papel. Esto es más sucio."
"Siento que le cueste trabajo."
Soltó una risita.
"Usted me cae bien, Zenaida. Siempre me cayó bien."
"Qué detalle."
"Lo digo en serio. Una humana de ciento treinta años que se ha pasado cien durmiendo con su amo y callándose la boca. Tiene mérito."
Sentí que me ardía la cara.
"Dime una cosa", dije.
"Lo que quiera."
"¿Por qué cien años?"
"¿Cien años de qué?"
"De ataques. De muertos. Tu padre lo empezó hace cien años."
Eulalia se quedó en silencio.
Después apoyó la copa en la mesa.
"Los Aldana tienen lo que mi familia necesita", dijo con calma.
"Una bóveda de sangre antigua, de las primeras casas."
"Quien la controla, controla el equilibrio de todas las líneas vampíricas de América."
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