Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 23 de 24
Capítulo 23: Cenizas
Tres semanas después, Salvador se quitó los vendajes.
Lo hizo en la orilla del lago, de pie, delante de mí, sin decir nada.
Dobló la gasa en un rollo y la guardó en el bolsillo.
Abrió y cerró las manos.
Eran las mismas manos de siempre.
Grandes.
Con cicatrices blancas en los nudillos.
Y ahora, una nueva, rosada y brillante, que le cruzaba la palma izquierda.
"Ya puedes tocar", dije.
"Ya puedo."
Nos quedamos mirando las ruinas de mi casa.
Habían despejado los escombros.
Quedaban los cimientos de piedra, una chimenea de ladrillo que había sobrevivido, y la parra de mi infancia, quemada hasta la mitad, que empezaba a echar hojas nuevas.
Había venido a plantar una araucaria.
Un brote de medio metro, envuelto en una bolsa de arpillera, que el vivero de Villarrica me había dado a precio de costo.
Salvador cavó el hoyo con una pala prestada.
Yo coloqué el brote con las dos manos.
Cubrimos las raíces con tierra negra.
Nos sentamos en el muelle de madera nueva, que habían reconstruido los vecinos, con los pies colgando sobre el agua.
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