Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 3 de 24
Capítulo 3: El seguro
Un seguro de vida triplicado y un testamento reciente; Teresa encuentra la reforma del gas.
Teresa Ibáñez abrió la ventana de su oficina, encendió un cigarrillo que decía haber dejado hacía dos años, y me escuchó sin interrumpir.
Le conté todo.
La vitamina.
El médico.
Priscila y el bebé.
La conversación en la dirección.
Cuando terminé, apagó la colilla en un cenicero y se quedó mirándome con los lentes de marco rojo torcidos en la nariz.
"Voy a repetir lo que dijiste, para estar segura de que no estoy loca."
"Adelante."
"Tu marido te envenenó con mifepristona durante cinco años para que no tengas hijos. Tiene otra familia en la clínica, con la hija del director, a quien le dijo que era viudo. Y planea matarte el catorce de marzo en una explosión de gas en tu casa del lago, para cobrar un seguro y quedarse con tu parte de la empresa."
"Sí."
"Fantástico."
Se levantó, fue hasta un archivador y sacó una carpeta delgada.
"Esta mañana, antes de que llegaras, hice una cosa. Tengo acceso a tus cuentas como apoderada de la empresa."
"¿Y?"
"Revisé tus seguros."
Me pasó un papel con membrete.
Era una póliza de vida de la compañía Aseguradora Austral.
El monto estaba subrayado en rojo.
"Esto lo firmaste en enero."
"No firmé nada en enero."
"Ya lo sabía."
Debajo del monto aparecía mi nombre, con mi firma.
Una firma casi perfecta.
Casi.
Yo hacía la V con un trazo más largo, abierto hacia la derecha. La de la póliza estaba cerrada.
"Es falsa", dije.
"Es falsa. Y el beneficiario es tu marido."
"El monto..."
"Triplica el seguro anterior."
Me recorrió un frío largo.
Teresa sacó otra hoja.
"Y esto es un testamento nuevo. Registrado hace diez días en una notaría de Providencia. Con tu firma, otra vez falsificada. Todo para tu marido."
"No hice testamento."
"Lo sé."
"¿Esto es legal?"
"Una firma falsa es un delito. Pero lo que a nosotras nos importa es que tenemos el papel. Ahora falta lo otro."
Hizo una pausa.
"Hablé por teléfono con un amigo que trabaja en una empresa de gasfitería de Villarrica."
"¿Y?"
"Su empresa recibió un encargo del doctor Cornejo hace tres semanas. Una reforma de la instalación de gas de la casa del lago. Trabajos programados del ocho al diez de marzo."
"Cuatro días antes."
"Exactamente. Y el amigo me dijo algo más." Sacó el cigarrillo del paquete y lo volvió a guardar. "Que el doctor Cornejo pidió que el técnico trabajara solo. Sin ayudantes. Y que le pagó en efectivo."
Me levanté.
Fui hasta la ventana.
Abajo, en la calle, pasaban los autos, los peatones, el vendedor de castañas.
Nada de eso había cambiado.
"Hay algo más", dijo Teresa.
"No puedo con más."
"Es sobre la otra."
"Priscila."
"Pedí a una colega del Registro Civil que buscara el matrimonio en Valdivia." Hizo una pausa. "No existe. No hay ninguna boda de Eliseo Cornejo ni de Priscila Madariaga en Valdivia ni en ninguna otra comuna del país."
Me volví.
"¿Entonces...?"
"No está casada con él, Vio. Nunca lo estuvo. Le inventó una boda."
Sentí un vértigo extraño.
La imagen de la sonrisa de Priscila, el anillo, la ternura con que había dicho "el mejor hombre que conozco".
"La está usando", dije.
"Probablemente. Para que el padre le dé su aval en las acciones. Una hija casada es más manejable que una amante."
"Es una víctima."
"O es cómplice."
"No. No lo es."
"¿Cómo lo sabes?"
"La miré a los ojos."
Teresa levantó una ceja, pero no discutió.
Se acercó.
Me tomó de los hombros.
"Escúchame bien. Quedan veintiséis días. Si denunciamos hoy, necesitamos pruebas. Y lo que tenemos son papeles falsos, una vitamina amarga y una conversación que oíste de pie en un pasillo."
"Entonces ¿qué hacemos?"
"Hay tres caminos."
"Dime."
"El primero: te quedas, te haces la tonta y el catorce de marzo estás muerta. El segundo: te vas del país, te escondes, y él te hace buscar con todos sus contactos. Con tu plata no llegas lejos."
"¿Y el tercero?"
Teresa me sostuvo la mirada.
"Que te mueras."
"¿Qué?"
"Pero a tu manera." Sonrió con la boca torcida. "Dejas que el incendio ocurra. Y no estás adentro."