El Nombre que Ella Escribió con Sangre, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: El jardín
Esperé a que el cazador se alejara.
Lo vi cruzar el jardín con paso militar, y desaparecer por la puerta de las caballerizas.
Calista se quedó sola unos segundos.
Se arregló el cuello de la capa.
Sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, de gata satisfecha.
Después se marchó en dirección contraria.
Salí del seto con las piernas rígidas.
Había guardado en la memoria cada palabra.
Segundo baile.
Puerta de servicio.
Hecho.
Pero una frase no era una prueba.
Una frase se niega.
Me acerqué al banco de piedra donde habían hablado.
Pasé la mano por el asiento.
Debajo de la tabla, pegado con cera, encontré un sobre doblado.
El cazador lo había olvidado.
O Calista lo había dejado ahí para que se lo llevara otro mensajero.
Lo abrí.
Era un plano a tinta del Salón de la Luna.
Cada pasillo, cada escalera, cada puerta.
La puerta de servicio estaba marcada con una cruz roja.
En el margen, una nota con una letra que yo reconocía.
Redonda, cuidada, de i con círculo.
La letra de Calista Roth.
Doblé el plano, lo guardé en el corpiño y salí del jardín con el corazón latiéndome, aunque no latía.
Esa misma tarde fui al palacio del Consejo, a la reunión de archivos.
La sala era una cámara larga, con una mesa de roble y ventanas altas con cortinas de terciopelo.
Ilse, la Anciana más vieja del Consejo, presidía desde un sillón de respaldo alto.
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