UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

El Tesorito De La Juventud, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Los tres

La primera noche entera, a tres, en la cama grande de Lorenzo.

Mi dormitorio tiene una cama grande, de madera de cedro, que yo mismo hice hace quince años.

Nunca había soportado a tres.

Tatiana encendió la lámpara de la mesita y bajó la luz hasta dejarla ámbar.

Se paró frente a mí y se sacó el vestido por la cabeza.

Quedó en ropa interior negra, de encaje, con las tetas llenas apretadas en el sostén y la piel cremosa brillando bajo la luz.

Se llevó las manos a la espalda y se soltó el broche.

Las tetas cayeron pesadas, con los pezones oscuros ya duros.

"Mírame bien, Lorenzo. Llevo seis meses esperando que me mires."

La miré.

"Hermosa."

"Dilo otra vez."

"Eres hermosa, Tatiana."

Sonrió.

Detrás de ella, Fiorella se había quedado de pie junto a la cama, con el vestido amarillo todavía puesto.

"No sé qué hacer", susurró.

"Ven aquí", le dije.

Se acercó.

La tomé de la cintura y la besé.

Mientras la besaba, le subí el vestido hasta los hombros y se lo saqué por la cabeza.

No llevaba sostén.

Sus pechos eran pequeños, firmes, con pezones rosados que se endurecieron en cuanto les dio el aire.

Se tapó con los brazos.

"No te tapes", ordenó Tatiana, desde la cama, sentada en el borde con las piernas cruzadas. "Eres preciosa."

Fiorella bajó los brazos, roja.

Le besé el cuello, los hombros, el valle entre los pechos.

Le tomé un pezón con la boca y lo chupé despacio, con la lengua.

Ella gimió y me agarró del pelo.

"Tío... ay..."

"Dime Lorenzo."

"No puedo. Es... tío."

Me reí contra su piel.

"Entonces tío."

Tatiana se acercó por detrás de mí y me desabrochó el resto de la camisa.

Me bajó los pantalones y la ropa interior de un tirón.

Cuando mi verga se liberó, la agarró de nuevo y la acarició con una mano, y con la otra me empujó la espalda hacia Fiorella.

"Acuéstala."

La acosté.

Fiorella quedó boca arriba sobre el cubrecama blanco, con las piernas abiertas, el pelo negro desparramado.

Tenía la concha depilada, rosada y brillante, ya húmeda.

Y la línea roja del cinturón cruzándole la cadera.

Me arrodillé entre sus muslos y le besé la marca, una vez, despacio.

Después bajé.

Mi lengua encontró su clítoris, y ella arqueó la espalda con un grito.

"¡Tío!"

Le lamí el clítoris en círculos pequeños, con la punta, mientras con dos dedos le recorría la entrada.

Estaba empapada.

Los metí despacio, hasta el nudillo, y su concha se cerró alrededor de ellos con una presión que me puso la verga a mil.

"Así, mi vida", murmuré. "Qué mojada estás."

"Más... por favor..."

Tatiana se subió a la cama, a un lado, y le tomó la cara.

"Mírame, Fiorella. Mírame mientras te chupa."

Le besó la boca, los pezones, el cuello.

Fiorella temblaba entera, con las caderas moviéndose contra mi lengua.

Le metí un tercer dedo.

Le chupé el clítoris con labios y lengua, rápido, y se vino con un grito largo, con los muslos apretando mi cabeza, el cuerpo sacudido.

Subí, limpiándome la boca.

Tatiana me tomó del cuello y me besó con rabia.

"Mi turno", susurró.

"Siéntate", le dije.

Me tendí de espaldas en la cama, y Tatiana se montó sobre mí, de cara a mis pies.

Se agarró de mis rodillas.

Bajó sobre mi boca, y su coño, grande, carnoso, empapado, me llenó la cara.

Le lamí el clítoris con la lengua plana, y ella soltó un "ay, Dios" que retumbó en las paredes.

Fiorella, recuperándose, se arrodilló a mi lado, entre mis piernas.

Sentí su mano tibia sobre mi verga.

Después su boca.

Cerré los ojos.

Eran dos bocas, dos mujeres, una sobre mi cara, otra entre mis piernas, y yo ya no sabía dónde empezaba el placer.

"Chupa más fuerte", jadeó Tatiana. "Sí... así, Lorenzo... qué lengua..."

Fiorella me la chupaba con una torpeza dulce, metiéndose la mitad en la boca, subiendo y bajando.

Con una mano me acariciaba los huevos.

"Fiorella", gruñí. "Cuidado, mi vida. Voy a venirme."

Sacó la boca con un hilo de saliva.

"No quiero que te vengas en mi boca", dijo. "Quiero que me la metas."

"¿Segura?"

"Muy segura."

Tatiana se levantó de mi cara, riendo, con los labios húmedos.

"Lo oíste. Dale lo que pide."

Me incorporé.

Tomé a Fiorella de las caderas y la puse de rodillas, con el culo en alto y la cara contra la almohada.

Era una vista que no iba a olvidar nunca.

La línea roja ya se estaba desvaneciendo.

Me froté la cabeza de la verga contra su entrada, mojándola con sus propios jugos.

"Tío", rogó ella. "Por favor."

"Dime qué quieres."

"A ti. Adentro."

Empujé.

Entró despacio, centímetro a centímetro.

Fiorella soltó un gemido largo que se convirtió en sollozo.

Estaba tan apretada que tuve que parar a la mitad, con los dientes apretados.

"Respira, mi niña."

"No pares."

"Eres tan estrecha."

Empujé hasta el fondo.

Sus nalgas chocaron contra mi pelvis.

"Dios", dijo ella. "Qué grande."

Me quedé quieto.

Tatiana se arrodilló junto a nosotros, acarició el pelo de Fiorella.

"Buena niña. Así. Lo estás recibiendo entero."

Fiorella gimió.

Empecé a moverme.

Primero lento, saliendo casi del todo para volver a entrar.

Después más rápido, con las manos en sus caderas, el ruido húmedo de su concha llenando el cuarto.

Tatiana se deslizó debajo de ella y le chupó los pezones colgantes, uno por uno, mientras Fiorella gritaba contra la almohada.

"Tío... tío... voy a... otra vez..."

"Vente. Vente para mí."

Se vino, temblando, apretándome tanto que casi me arrastró con ella.

Me retiré antes, jadeando, con la verga palpitante y reluciente.

"No tan rápido", dijo Tatiana, sentándose en el borde de la cama. "Ahora yo."

Me tomó de la mano y me atrajo.

Se recostó boca arriba y se abrió de piernas.

"Fuerte, Lorenzo. No soy de cristal."

Me monté sobre ella.

Entré de un solo empujón, hasta el fondo, y gritó.

Su coño era ancho, caliente, resbaloso.

La embestí con fuerza, con el peso entero de mi cuerpo, y la cama de cedro crujió debajo de nosotros.

Tatiana me clavó las uñas en la espalda.

"Sí... así... dame duro... no pares..."

Fiorella se acercó a mirar, de rodillas junto a nosotros, con la mano entre sus propias piernas.

Tatiana le tomó la muñeca.

"Ven. Siéntate en mi cara."

Fiorella dudó un segundo.

Después se subió, a horcajadas sobre la cara de Tatiana, y Tatiana le lamió el clítoris con avidez.

Fiorella se agarró de mis hombros.

Quedamos los tres enredados, ella frente a mí, con la cabeza echada hacia atrás, yo embistiendo entre las piernas de la otra.

La besé.

Le mordí los pezones.

Tatiana gemía contra su carne, y ese gemido me volvía loco.

"No aguanto más", dije, entre dientes.

"Dentro", jadeó Tatiana. "Termina dentro, Lorenzo."

Aceleré.

Los tres teníamos la piel mojada de sudor.

Fiorella se vino primero, con un grito agudo, arqueada sobre la cara de Tatiana.

Tatiana la siguió, con las piernas temblando, apretándome la verga con espasmos.

Yo me vine con un gruñido que sentí en los dientes.

Descargué todo dentro de ella, en chorros calientes, con la frente pegada a la suya.

Nos derrumbamos juntos.

Nadie habló durante un buen rato.

Solo se oía la respiración, el crujir de la madera, el ventilador del techo.

Fiorella se acurrucó contra mi costado derecho, con la cabeza en mi hombro.

Tatiana, al izquierdo, con una pierna sobre las mías.

"Bueno", dijo Tatiana, finalmente. "Eso fue más rápido de lo que pensé."

"Para el próximo", murmuré, "más despacio."

"¿El próximo?"

"Si quieren."

Fiorella me besó el pecho.

"Yo quiero."

"Yo no me voy a ir", dijo Tatiana.

Cerré los ojos.

Dormitamos así un rato, enredados, con el sudor secándose.

Me despertó una boca tibia que bajaba por mi vientre.

Fiorella.

Tenía el pelo negro revuelto y los ojos brillantes en la penumbra.

"Otra vez", susurró. "Pero yo arriba."

Me reí, ronco.

"Lo que mande la señorita."

Me lamió la verga hasta ponerla dura en su boca.

Tatiana abrió un ojo, se apoyó en el codo y miró, con una sonrisa perezosa.

"Eso es. Ahora siéntate encima, mi amor. Despacio."

Fiorella se subió sobre mí, de espaldas, con las manos en mis rodillas.

Se agarró mi verga con una mano y la guio hasta su entrada.

Bajó despacio, un poco más cada vez, jadeando.

Cuando me tuvo entero, echó la cabeza hacia atrás y soltó un sonido de puro alivio.

"Ay, Dios... se siente tan distinto así..."

"Muévete", dije. "Como tú quieras."

Empezó a mecerse, atrás y adelante, con las caderas en círculos.

Yo le agarré las nalgas y la ayudé a subir y bajar.

Tatiana se acomodó junto a mi cabeza y me tomó la boca con un beso sucio y profundo.

Con una mano le acariciaba el clítoris a Fiorella por delante.

"Eso, niña", murmuró. "Cógetelo. Es tuyo esta noche."

Fiorella cabalgaba cada vez más rápido, con los pechos rebotando, la piel mojada.

"Tío... tío, qué rico... me voy a venir otra vez..."

"Dime a quién le perteneces."

"A ti. A ti, tío."

"Buena niña."

Se vino con un grito, apretándome tanto que el placer me atravesó la espalda.

Me vine otra vez, más despacio, gruñendo contra la boca de Tatiana.

Fiorella cayó sobre mi pecho, y las dos me abrazaron.

A las tres de la madrugada, mi celular vibró sobre la mesita.

Lo tomé, medio dormido.

Un mensaje de Ingrid, con una carita feliz: "Papi, cambio de planes. Llego el domingo en vez del miércoles. ¡Te extraño!"

← Capítulo 2 · Todos los capítulos · Capítulo 4 →