Fingí Mi Muerte y Él Perdió la Razón, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: El acantilado
Fiorella escenifica su muerte en la Costa Verde. Aníbal llega y se lanza al mar.
A las nueve menos diez estaba de pie en el mirador del malecón de la Costa Verde.
Tenía el viento salado en la cara y las luces de Lima encendidas a mi espalda.
Abajo, a quince metros, el mar golpeaba las rocas con un ruido seco.
El carro estaba aparcado en el borde, con el motor apagado y la puerta del conductor abierta.
La chalina color mostaza que Aníbal me regaló en mi cumpleaños colgaba del asiento.
Había dejado mi bolso en el maletero.
Mi billetera, mis llaves de casa, mi carnet.
Un zapato quedó sobre la barandilla de piedra, de lado, como si lo hubiera perdido al trepar.
El otro lo llevaba puesto.
Aarón me esperaba abajo, en la cala de los pescadores.
Yo había bajado esa tarde a verla.
Había un sendero escondido entre rocas, que usaban los pescadores para llevar las redes.
Estaba mojado, empinado, mal marcado.
Lo recorrería en la oscuridad cuando acabara la llamada.
Saqué el teléfono.
Marqué.
Aníbal contestó al primer timbre.
"¿Fio? Amor, ¿dónde estás? Te llamé veinte veces."
"Estoy en el mirador."
"¿Qué mirador?"
"El de la Costa Verde. Donde me trajiste a ver el atardecer la primera vez."
"Fio, por favor, no digas tonterías. Vuelve a casa, hablamos. Estefanía está histérica, dice que se siente culpable..."
"Aníbal."
"Dime."
"Hoy me dijiste que podía entenderlo."
"Es que lo vas a entender, amor. Eres la persona más comprensiva que conozco."
Cerré los ojos.
"Entiendo", dije. "Ya entendí."
"Fiorella..."
"Quiero que sepas una cosa. Te quise. De verdad. Tres años."
"Yo también..."
"Y no me lo agradeciste ni una vez."
Hubo un silencio.
Oí su respiración al otro lado, rápida, desigual.
"¿Qué quieres decir?"
"Adiós, Aníbal."
"¡Fio! ¡Fiorella! ¡No cuelgues! ¿Qué haces? ¡Dime dónde exactamente estás!"
Colgué.
Dejé el teléfono en el asiento del carro, encendido, con la pantalla hacia arriba.
Empezó a sonar casi enseguida.
Y a vibrar.
Y a sonar otra vez.
Me alejé del carro.
Caminé dos pasos hacia el borde del acantilado.
Después doblé hacia el sendero y me deslicé entre las rocas.
El camino era una trampa.
Dos veces resbalé.
Una vez me raspé la palma de la mano contra la piedra.
Bajé temblando, con las rodillas flojas, hasta la cala.
En el agua, a veinte metros de la orilla, había una lancha oscura, sin luces.
Aarón me tendió una mano desde la borda.
Subí.
Me envolvió en una manta.
"¿Todo bien?"
"Sí."
"¿Te vio alguien?"
"No."
"Siéntate. Agáchate. No te levantes."
Me acurruqué contra el casco.
Desde allí, entre dos rocas, se veía un trozo del mirador, allá arriba.
Pasaron diez minutos.
Quince.
Los faros de un auto rasgaron la noche.
Una puerta se cerró de un golpe.
Vi una figura corriendo entre las barandillas.
Aníbal.
Lo reconocí por la camisa clara y la forma de correr, con los hombros hacia adelante.
Llegó al carro.
Se detuvo.
Miró el asiento, la chalina, el teléfono que seguía vibrando.
Se llevó las dos manos a la cabeza.
Después vio el zapato.
Lo recogió.
Lo sostuvo contra el pecho, como a un animal herido.
"¡Fiorella!", gritó.
El grito bajó por el acantilado y rebotó entre las rocas.
"¡FIORELLA!"
Se asomó a la barandilla.
Miró el vacío.
Vio el mar negro, y las olas, y la espuma.
Lo vi dar un paso atrás.
Gritar de nuevo mi nombre.
Una, dos, tres veces.
Con una voz que yo no le conocía, rota, ronca, de animal.
Aarón, a mi lado, murmuró:
"Fiorella..."
"Cállate."
"Esto es demasiado."
"Cállate."
Yo no podía apartar los ojos.
Lo vi llamar por teléfono.
A la policía, supuse.
Lo vi sentarse en el suelo, con el zapato en las manos.
Y entonces se puso de pie.
Se quitó la chaqueta.
Se la tiró al suelo.
Se encaramó a la barandilla.
"¡Aníbal!", susurré.
Aarón me agarró del brazo.
Aníbal miró hacia abajo, hacia las rocas.
Y saltó.