La Desconocida que Me Encendió en el Show, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La corbata
Rogelio no entró al clóset.
Se quedó en la puerta del camerino, hablando con ella dos minutos, y yo oí todo detrás de los vestidos.
"Muy bien, preciosa. Esta noche cantas el segundo set con la falda de colegiala. El patrocinador la pidió."
"Rogelio, ya te dije que..."
"Te la mando a la cabina. Sé amable. Sonríe."
Cerró la puerta.
Cuando salí, Citlali tenía los puños apretados y la barbilla temblando.
No lloró.
Se maquilló otra vez y subió al escenario, y cantó mejor que nunca.
Esa noche, a las dos de la mañana, me llevó a la azotea de su edificio, en la colonia Americana.
Fátima estaba en el sillón de abajo con un tazón de cereal, y nos vio pasar con una ceja arqueada.
"Que se les caiga el techo", gritó. "Pero a mí no me despierten."
La azotea tenía un tendedero, una hamaca, un camastro viejo y una vista enorme de Guadalajara, toda luces naranjas.
Hacía fresco.
Ella cerró la puerta de la escalera con una piedra.
Sacó de una bolsa algo blanco y azul.
Era la falda tableada del primer día, las calcetas blancas, y una corbata de colegiala.
"La conservé", dijo. "No sé por qué."
"Sí sabes."
Sonrió.
"Quítate la camisa", pidió. "Y siéntate en el camastro."
Obedecí.
Se paró delante de mí, con la corbata colgada de las dos manos.
"Esta vez tú no miras", dijo.
Me ató la corbata sobre los ojos con un nudo firme.
Me quedé a oscuras.
Oí su respiración, los grillos, el tráfico lejano.
Y un roce de tela.
"Estoy poniéndome la falda", dijo. "Las calcetas. No hace falta que veas. Tú recuérdalo."
Me recordé la primera noche: la tela finísima, el calor de sus muslos, su aliento en mi pecho.
Me ardió el estómago.
"Dime lo que haces", pedí.
"Me quito la blusa. Lentamente. Me la tiro."
Algo suave cayó sobre mi rodilla.
"Me quito el sostén."
Otro roce.
Estaba excitadísimo, sudando de pura imaginación.
Sentí sus manos en mi cinturón, abriéndolo.
"Levanta las caderas."
Levanté.
Me bajó el pantalón y quedé desnudo ante la noche, con la verga erecta apuntando al cielo.
Sus dedos me rodearon, fríos, delicados.
"Qué rico está esto", murmuró. "Aquí lo quiero."
Me acarició despacio, de la base a la punta, con la palma abierta, una vez, dos, hasta que se me escapó un gruñido.
"Quieto", dijo. "No te muevas."
"No puedo."
"Puedes."
Se subió al camastro, sentí el colchón hundirse, sus rodillas junto a mis caderas.
Pero no se sentó donde yo esperaba.
Subió más.
Sentí la falda tableada rozarme el pecho, el cuello, la barbilla, y el calor de su cuerpo justo encima de mi boca.
"Abre", ordenó, con la voz temblando de risa y de ganas. "Y no uses las manos."
Abrí.
Su sabor me llenó la lengua, dulce, salado, mojadísimo.
Ella bajó apenas las caderas y yo la lamí, entera, de abajo a arriba, a ciegas, guiado por sus suspiros.
"Ahí", murmuró. "Más arriba."
Chupé el clítoris con los labios, suave, y ella dio un gemido.
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