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La Mentira que Me Alimentó, novela · Capítulo 13 de 16

Capítulo 13: Cuatrocientas gorras

Sandro me llevó al puerto en su propio coche, con dos guardias detrás y la mandíbula tan apretada que se le marcaban los tendones.

No dijo una palabra en todo el camino.

Cuando bajamos, a las diez y media, el sol de Palermo caía a plomo sobre los muelles.

Cuatrocientos hombres estaban sentados en cajones, en bolardos, en el suelo de cemento, con los brazos cruzados.

Detrás de ellos, las grúas inmóviles.

Los contenedores sin tocar.

Ni un grito, ni una radio.

Solo un silencio que pesaba.

Me adelanté un paso.

Los hombres levantaron la cabeza al verme.

Uno, en primera fila, se puso de pie despacio.

Era un viejo de manos enormes y bigote blanco, con una gorra de lana.

El capataz de mi padre.

Me reconoció y se quitó la gorra.

Todos los demás hicieron lo mismo.

Cuatrocientas gorras en el aire.

Me ardieron los ojos.

"Señorita Giulia", dijo el viejo. "Perdone la molestia."

"No hay molestia, capataz."

"Los muchachos quieren oírla. Nadie nos explica nada. Hace cinco años que firman papeles con su nombre y nadie nos dice si es verdad."

Sandro se adelantó, con una sonrisa de relaciones públicas.

"Amigos, la señora Ruggeri está aquí para..."

"Que hable ella", dijo una voz desde el fondo.

"Que hable la hija."

El murmullo creció.

Sandro se detuvo.

Su sonrisa tembló una décima de segundo.

Me miró de reojo.

Lo vi hacer cuentas.

Un hombre que se rebela contra cuatrocientos estibadores pierde el puerto.

Un hombre que me deja hablar tiene que confiar en mí.

Asintió, casi imperceptiblemente.

Subí a un cajón de madera.

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