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La Mentira que Me Alimentó, novela · Capítulo 8 de 16

Capítulo 8: Puttana

Piero llegó a Taormina antes del amanecer.

Yo me quedé en la Kalsa, como me pidió, hasta las siete.

Después volví a la villa en un taxi, a tiempo para el desayuno con Sandro, con el pelo mojado y la cara lavada.

Él me miró por encima del periódico.

"Saliste anoche."

"A San Domenico."

"El guardia dice que volviste a las dos."

"Me quedé rezando." Me serví café. "Mi padre murió un octubre. Me pesa."

Sandro dejó el periódico.

Me miró un largo rato.

No me creyó.

Tampoco me contradijo.

Ese silencio era peor.

Piero me llamó a las nueve desde una cabina, con una voz que le temblaba.

"Fueron cuatro hombres", dijo. "Rompieron todo. Se llevaron las llaves de las cajas. Quemaron el registro de reservas."

"¿Alguien herido?"

"El portero. Un golpe en la cabeza."

"Voy."

"No vengas. Es lo que quieren."

"Voy, Piero."

"Giulia."

Colgué.

Pasé la mañana fingiendo un dolor de cabeza.

A mediodía, Sandro salió con su madre a visitar a un cardenal y me dejó con dos guardias en la entrada.

Salí por la cocina, con el uniforme prestado de una empleada, y un pañuelo en la cabeza.

El hotel de Piero está en lo alto de Taormina, sobre una colina de olivos, con vista al Etna y al mar Jónico.

Treinta habitaciones, una terraza de piedra, una escalera de mármol.

Era su sueño de treinta años.

Lo habían abierto como una caja.

El vestíbulo olía a humo mojado.

En el salón del bar, entre las mesas volcadas, estaba sentado Piero.

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