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Me acusó de ladrona… así que le destruí la vida, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: El fideicomiso

Don Modesto le entrega la carta de su padre: es dueña del treinta y ocho por ciento de la empresa.

La casa de Don Modesto Meléndez estaba en Punta Paitilla, en un edificio antiguo de balcones largos frente al mar.

Me recibió en la sala, entre libros, retratos y una vitrina de modelos de barcos.

Tenía sesenta y ocho años, el pelo blanco peinado hacia atrás y los ojos hundidos de quien duerme poco.

Había sido socio de mi padre durante cuarenta años.

Me abrazó con fuerza.

"Siéntate, hija. Te preparé café."

"No tomo, Don Modesto."

"Es verdad. Te preparé agua con limón."

Me reí.

Era un detalle suyo, de padre postizo.

Se sentó frente a mí con un sobre grande de papel manila sobre las rodillas.

Los bordes estaban amarillos.

"Tu papá escribió esto hace un año, tres semanas antes de morir", dijo. "Me pidió que no te lo diera hasta tener una razón."

"¿Y la tiene?"

"Catorce clientes llamaron llorando. Creo que sí."

Dejó el sobre sobre la mesa.

Lo abrí con los dedos fríos.

Dentro había dos hojas.

Una carta manuscrita, con la letra torcida de mi papá, y un documento notariado con membrete.

Leí primero la carta.

"Marisel, mi niña. Si estás leyendo esto, es porque algo salió mal y yo no estoy ahí para arreglarlo."

"Perdóname por no habértelo dicho en vida. Quería que ganaras sin ayuda."

"Quería que entraras a Grupo Mallol por tu cuenta, con tu cara, no con mi nombre."

Me ardieron los ojos.

"Hace cinco años compré, a través de un fideicomiso, el treinta y ocho por ciento de Grupo Mallol."

"Es tuyo desde que cumpliste treinta. Nadie lo sabe, ni siquiera Ernesto."

"Úsalo cuando haga falta. Pero úsalo con la cabeza fría, porque un negocio no se defiende con rabia."

Leí la frase dos veces.

"Te quiere, tu papá."

Doblé la carta.

Dejé que corriera una lágrima.

Don Modesto se aclaró la garganta.

"El fideicomiso se activó hace un mes, cuando cumpliste los treinta."

"Los títulos están a tu nombre."

"Eres la mayor accionista individual."

"Más que el propio Ernesto, que heredó el treinta y dos."

"Treinta y ocho."

"Treinta y ocho."

"Más el seis por ciento que tiene usted."

"Con mi apoyo, hija, tendrías el cuarenta y cuatro."

Cerré los ojos.

Pensé en el piso treinta, en la pantalla roja y verde, en el puntero láser de Yaritza.

Pensé en los tres años de reuniones, de vuelos, de noches en bares con exportadores que me tocaban la rodilla bajo la mesa.

Pensé en que durante todo ese tiempo, la mayor parte de aquella empresa había sido mía.

Y yo había firmado reportes de gastos como si pidiera permiso.

"Don Modesto."

"Dime."

"¿Por qué no me lo dijo antes?"

"Porque tu padre me hizo jurar. Y porque..." Se detuvo. "Porque tenía razón. Querías ganarte el lugar. Y te lo ganaste."

"Pues parece que no sirvió de mucho."

"Sirvió. Los clientes te siguen a ti, no a Ernesto. Eso no se hereda."

Respiré hondo.

Abrí los ojos.

"¿Ernesto lo sabe?"

"No."

"¿Y el director financiero?"

"No. Solo yo, el notario y tu padre."

"¿Y Yaritza Icaza?"

Don Modesto levantó una ceja.

"¿La becaria? ¿Qué tiene que ver?"

Le conté la reunión.

Los recibos, las ausencias, la sugerencia de despedirme para proteger el flujo de caja.

Él escuchó con las manos entrelazadas.

Cuando terminé, se quedó callado largo rato.

Después abrió un cajón de su escritorio y sacó una libreta.

Pasó las hojas.

"Hace un mes", dijo, "Ernesto me pidió una autorización para modificar el plan de bonos del equipo directivo."

"Quería cambiar las condiciones de pago a diferido, con cláusula de despido por causa." Levantó la vista.

"Yo lo aprobé porque no vi razón para negarme."

"Pero ahora entiendo."

"¿Qué entiende?"

"Tu bono de tres años. Cuatro millones de dólares. Se paga en diciembre. Salvo que te despidan con causa."

Sentí un frío agudo, casi agradable.

"Me despide con causa y no paga."

"Y se queda con tus relaciones."

"Ernesto me conocía desde los siete años."

"Hija, la gente no cambia. Se descubre."

Me levanté.

Fui hasta el balcón.

El mar estaba plomizo, con la ciudad encendiéndose en el horizonte.

"¿Qué puedo hacer con el treinta y ocho?"

"Convocar una asamblea extraordinaria. Remover al director general. Reorganizar el consejo. Lo que quieras."

"¿Cuánto tiempo?"

"Tres días hábiles para convocar. Caen en lunes."

Cerré las manos sobre la baranda.

La carta de mi papá decía: úsalo con la cabeza fría.

Pero la cabeza fría no era incompatible con el fuego.

"Hágalo", dije.

"¿Estás segura?"

"Sí."

Don Modesto se acercó.

Me puso una mano en el hombro.

"Marisel. Una cosa más."

"Dígame."

"Cuando uses esas acciones, no habrá vuelta atrás."

"Ni con Ernesto, ni con la empresa, ni con los empleados."

"Vas a ser la dueña y la jefa."

"Y todos van a saber quién eres."

Lo miré.

"Don Modesto, ya lo saben."

"Todavía no."

Sonrió, apenado, como quien lamenta que un niño crezca.

"Pero lo sabrán."

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