Me fui… y todos enloquecieron, novela · Capítulo 8 de 12
Capítulo 8: Una noche sin sistema
Entramos a la casa de la mano, sin hablar.
La luz de la lámpara se movía sobre las paredes de adobe.
Casiano cerró la puerta y puso la tranca.
Se quedó de espaldas un segundo, con la frente apoyada en la madera.
"Dime que lo quieres", dijo sin volverse.
"Lo quiero."
"No lo digas por gratitud."
"No lo digo por gratitud."
"¿Por qué, entonces?"
Me acerqué.
Le puse las manos en la espalda.
Sentí los músculos tensos bajo la camisa.
"Porque tardé veintiún años en saber lo que se siente que alguien me pregunte mi nombre", susurré contra su hombro. "Y quiero saber qué más se siente."
Se giró.
Me tomó la cara.
"Inés."
"Dime."
"Dilo otra vez."
"¿Qué?"
"Tu nombre."
"Inés Calvillo."
Cerró los ojos.
Pegó su frente a la mía.
"Inés Calvillo", repitió.
Su voz era un hilo ronco.
Lo besé.
Esta vez no hubo calma.
Fue un beso hambriento, desesperado, con los dientes y la lengua y las manos que no sabían a dónde ir.
Él me levantó del suelo sin esfuerzo.
Yo le rodeé la cintura con las piernas.
Caminó conmigo en brazos hasta la cama estrecha, y nos dejamos caer sobre la manta de lana.
Se detuvo sobre mí, apoyado en los codos.
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