Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata, novela · Capítulo 9 de 16
Capítulo 9: La copa
El Gran Salón olía a leña, a carne asada y a flores de guayacán.
Doscientos lobos de la sierra y cincuenta visitantes de los llanos llenaban las mesas largas, bajo faroles de hierro y guirnaldas de ramas.
En la cabecera, en un sillón de madera tallada, presidía el Alfa viejo.
Un hombre inmenso, de pelo blanco y bigote espeso, con un bastón de roble entre las rodillas.
A su derecha, Leticia Tovar, de blanco, brillante, con la pulsera de plata en la muñeca.
A su izquierda, Abdiel, vestido de negro, con las mandíbulas apretadas.
Yo estaba sentada al lado de mi madre, en el centro de la mesa principal.
Llevaba un vestido azul prestado y la manta sobre las piernas.
Casimira se había encargado de que me pusieran ahí.
Frente a mí, la bruja sonreía.
El vínculo me latía en el pecho.
Veía a Abdiel a cuatro metros y lo sentía como si estuviera a cuatro centímetros.
Su rabia.
Su miedo.
La manera en que se obligaba a no mirarme.
Cada vez que respiraba hondo, yo respiraba con él.
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