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No Más Amor en Vano, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: El vecino

En Puerto Montt, el hombre que se instala en la casa de al lado es Alvar, en camisa de trabajo. Los dos fingen que es casualidad.

La casa del lago Llanquihue era de madera color crema, con un techo de tejuelas y un porche que daba al agua.

Detrás, el volcán Osorno cortaba el cielo con su cono blanco.

Lo había visto en mil postales, pero verlo desde mi ventana me hizo llorar sin avisar.

Dejé las maletas en el vestíbulo y salí al porche.

El aire olía a leña, a pasto mojado, a algas.

A mi izquierda, a unos veinte metros, había otra casa de madera.

Azul.

Con las ventanas cerradas y una escalera de piedra hacia el muelle.

Dos cercas bajas las separaban.

Yo no quise mirar.

Desde el segundo día me levanté a las cinco de la mañana para ir a la bodega de Angelmó.

Un galpón enorme, con olor a mariscos y a hielo, donde cincuenta hombres descargaban cajones de choritos y de merluza.

Nadie me conocía.

Nadie sabía que era la hija del naviero.

Me puse botas de goma y un delantal, y revisé los libros de cuentas con el encargado, un hombre bajo y moreno que me trató de "señorita" con desconfianza.

A la semana, ya le había encontrado tres errores de facturación.

A los diez días, me trataba de "jefa".

Era una vida pequeña, limpia y fría.

Y era mía.

Cada tarde volvía a la casa del lago caminando, con el pelo oliendo a sal y las manos agrietadas.

La casa azul de al lado seguía vacía.

Hasta el viernes de la segunda semana.

Ese viernes volví más temprano de lo normal, con un dolor de espalda y ganas de tomar una ducha.

Cuando abrí la puerta del porche vi una camioneta gris estacionada frente a la casa vecina.

Y a un hombre en la escalera, arrodillado, con un martillo en la mano.

Llevaba una camisa de trabajo azul, remangada hasta el codo.

Pantalón de mezclilla.

Botas de cuero gastadas.

Tenía la espalda ancha, el pelo castaño desordenado y un lápiz detrás de la oreja.

Me quedé inmóvil.

Reconocí esa espalda desde cien metros.

Reconocí la forma de sostener el martillo.

Reconocí el pelo.

Alvar Montenegro se giró, con una caja de clavos en la mano.

Me vio.

Nos miramos en silencio.

Entre nosotros pasó un pájaro, graznando.

"Hola", dijo él.

Su voz sonó rara, como si hubiera dicho la palabra después de ensayarla.

"Hola."

"Tú debes de ser la vecina."

Parpadeé.

"¿Qué?"

"La casa crema. Me dijeron que vivía una chica."

Se levantó, sacudiéndose el pantalón.

Se limpió la mano con un trapo y la extendió por encima de la cerca.

"Me llamo Alvar. Soy tu vecino."

Miré su mano.

Era grande, con callos nuevos que no recordaba.

"Antonia", dije.

La estreché.

Su palma estaba caliente.

Duró un segundo más de la cuenta.

"Mucho gusto, Antonia."

"Mucho gusto."

Retiré la mano.

Ninguno de los dos dijo "nos conocemos".

Ninguno dijo "qué casualidad".

Ninguno pronunció la palabra Valparaíso.

Era una escena absurda, de teatro barato, y yo no sabía si reír o salir corriendo.

"¿Y a qué te dedicas?", preguntó él, con una naturalidad perfecta.

"A los mariscos."

"Qué bien."

"¿Y tú?"

"Yo... compro y arreglo casas."

"¿Casas?"

"Esta la compré para arreglarla."

"Está nueva."

"Hay detalles."

"¿Como cuáles?"

Él miró el techo.

"Las goteras."

"No llueve desde ayer."

"Pronto lloverá."

Casi me río.

Casi.

"Bueno, buenas tardes", dije.

"Buenas tardes."

Entré a mi casa y cerré la puerta, y me apoyé contra ella, con el corazón en la boca.

Alvar estaba vivo.

Alvar estaba a veinte metros de mí.

Alvar fingía no conocerme.

Y yo fingía no conocerlo a él.

Esa noche me preparé unos fideos con mantequilla y me senté en el porche con una manta.

Desde la casa azul llegaba el sonido de un martillo, a ratos.

A las diez, el martillo se detuvo.

Una puerta se abrió.

Y su voz, desde la oscuridad, dijo:

"Buenas noches, vecina."

"Buenas noches."

"Voy a quedarme un mes, más o menos."

"Qué suerte la mía."

Se rió, bajito.

La risa que no le había oído en ocho años.

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