Puse A Madre E Hija En Cuatro Ruedas, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: El escritorio
Zulay huele a su hija en la camisa y, en lugar de gritar, lo sienta en la silla de la oficina; ella lo sabía hace dos meses.
Me quedé sin aire.
"Zulay, déjame explicarte."
"No hay nada que explicar."
Entró a la oficina, y yo la seguí como un estudiante al despacho del director.
Cerró la puerta con llave.
Bajó la persiana de la ventana que daba al patio.
Se apoyó contra el escritorio, de frente a mí, con los brazos cruzados.
"¿Sabes cuánto llevo trabajando para ti?"
"Un año."
"Un año y dos semanas."
"Zulay..."
"Un año y dos semanas mirándote por encima de las facturas. Un año de camisas arremangadas y de olor a colonia en el pasillo."
"Un año aguantando que le sonrías a las alumnas, que me trates de 'doña Zulay', que me pidas el café por favor."
Se descruzó los brazos.
"Y mi hija te mira una semana, y ya la tienes montada en las piernas."
"Fue un accidente."
"Fue una clase de manejo."
"Fue..." Tragué saliva. "Fue las dos cosas."
Zulay sonrió, y esa sonrisa no era de enojo.
"Álvaro. Te voy a decir una cosa, y quiero que me escuches sin interrumpir."
"Dime."
"Yo te elegí de padrino."
"¿Cómo?"
"La promoción de arquitectura te eligió de padrino porque yo le dije a Génesis que eras un hombre decente."
"Pero la verdad es que te propuse porque quería que entraras en mi casa."
Me quedé mudo.
"Quería tenerte a mi mesa. Quería verte reír con mi hija."
"Quería que mi hija creyera que eras familia, para que cuando yo me decidiera, no hubiera drama."
"¿Y qué querías hacer?"
Dio un paso hacia mí.
"Esto."
Me agarró de la camisa y me besó.
Un beso fuerte, con lengua, con los labios pintados de rojo manchándome la boca.
Gemí contra ella.
Sus manos subieron por mi pecho, me arrancaron la camisa, me recorrieron los hombros.
"Zulay..."
"Cállate."
"Tu hija..."
"Mi hija lo sabe."
Retrocedí un paso, con la camisa abierta.
"¿Cómo que lo sabe?"
"Descubrió mi plan hace dos meses. Me vio mirándote una tarde en una cena. Me dijo: 'mamá, te gusta el padrino'."
"¿Y tú qué dijiste?"
"Que sí."
"¿Y ella?"
"Se rio. Y me dijo que a ella también."
Sentí que el piso se movía.
"Es la mujer más lista que conozco", añadió Zulay, orgullosa. "Se calló dos meses para ver quién se animaba primero."
"Y se animó ella."
"Por supuesto. Es mi hija."
Se rio, y la risa le sacudió los pechos bajo la blusa.
Después se puso seria.
"Pero no he terminado contigo."
"¿Qué quieres?"
"Lo que me debes."
"¿Qué te debo?"
"Un año de mirarme."
Me empujó contra el archivador metálico, y el golpe retumbó en la oficina.
Me abrió el pantalón con las uñas largas.
Mi verga saltó libre, dura otra vez, a pesar de la tarde.
"Mira nada más", susurró. "Siempre listo."
"Para ti, sí."
"Eso quiero oír."
Se arrodilló.
Me la tomó con las dos manos, como un regalo, y me lamió de la base a la punta.
"Zulay..."
"Cállate y mira."
Se la metió en la boca despacio, con los labios apretados, y mis rodillas casi cedieron.
Era distinta a Génesis.
Más experta, más paciente, más segura.
Sabía exactamente dónde apretar, dónde soltar, dónde detenerse.
Me chupó hasta que me temblaron los muslos, y me soltó con un ruido húmedo.
Se puso de pie.
Se subió la falda de lápiz hasta la cintura.
No llevaba ropa interior.
Me quedé sin palabras.
"Desde esta mañana", dijo. "Para ti."
Se subió al escritorio, sentándose sobre las facturas, y abrió las piernas.
Tenía la cuca depilada, rosada, brillante de excitación.
"Ven acá."
Me acerqué como un sonámbulo.
Me agarró de la nuca y me trajo contra ella.
Entré de un empujón, lento, hondo, y las dos soltamos el aire al mismo tiempo.
"Ay, Álvaro."
"Zulay."
"Así. Así se hace."
Me aferró de las caderas con las piernas, sin soltarme.
Se movió conmigo, con vaivenes largos, y el escritorio crujió bajo el peso.
Los papeles volaron, el lapicero cayó, la computadora se apagó.
No nos importó.
"Más fuerte", ordenó.
Le di más fuerte.
Me clavó las uñas en los hombros.
Se mordía el labio, con los ojos entrecerrados y el pelo suelto.
"Un año", jadeó. "Un año te estuve esperando."
"Perdóname."
"No. Ahora cógeme."
La cogí.
La levanté del escritorio, aún dentro de ella, y la apoyé contra el archivador.
Sus piernas me rodearon, el metal chocó con un estruendo, y yo la embestí de pie, con furia.
Gritó.
Una voz grave, ronca, que no le había oído nunca.
"Dios... Dios... ¡qué rico!"
Una de sus uñas me rasguñó la espalda.
Sentí que me venía otra vez, y que ella también.
Su cuca se apretó alrededor de mi verga, en espasmos largos.
"Me vengo", dijo. "Me vengo, Álvaro."
"Yo también."
"Dentro."
Me vine con un gruñido, hundido hasta el fondo, mientras ella se deshacía en mis brazos con un grito ahogado contra mi cuello.
Nos quedamos así, jadeando, pegados a la chapa fría del archivador.
Cuando recuperó el aliento, me acarició la cara con los pulgares.
"Ya está", dijo. "Ya lo hicimos."
"Zulay."
"Y ahora viene la parte importante."
"¿Cuál?"
"Mañana cenamos los tres en mi casa", dijo. "Y vas a escuchar las reglas."