Siempre Fui La Reina Que No Supiste Ver, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: La puerta
Zenón la encuentra haciendo el equipaje; al amanecer llega la guardia de los Tres Lagos y ella dice quién es.
Zenón entró a mi cuarto a medianoche.
Yo estaba arrodillada junto a la cama, metiendo en una maleta de cuero la ropa de Gedeón.
Tres camisas, dos pantalones, el oso de trapo.
Él se quedó en el umbral, con la capa todavía puesta.
"¿Qué haces?"
"Hago el equipaje."
"¿Para qué?"
Cerré la maleta con un chasquido.
"Para irme."
Un silencio.
Zenón entró y cerró la puerta detrás de él.
Se frotó la cara con una mano.
"Evangelina, por favor. Hoy ha sido un día difícil."
"Para mí, también."
"No seas dramática." Se acercó. "Sabes lo que significa Leocadia. Es un trámite. Un deber. Con ella cumplo con mi familia, y después..."
"Después te unes conmigo."
"Sí."
"En vínculo de sangre."
"Exacto."
"Dentro de tres semanas te unes con ella. En vínculo de sangre. Delante de las casas." Lo miré. "Eso no es un trámite, Zenón. Eso es un matrimonio."
Se puso rígido.
"Tú no entiendes de política."
"Entiendo de aritmética. Cien noches, y ahora un heredero. Cuando nazca, no vas a dejar a la madre de tu heredero. Lo sabes. Yo lo sé. Todos en el salón lo saben."
"Eso no es cierto."
"Anoche no viniste."
"Estaba con..."
"Con ella. Lo sé. La libreta bajo mi almohada lo sabe."
Se quedó callado.
Después, en voz baja, casi con crueldad:
"¿Y adónde vas a ir? Tú no tienes nada. Eres huérfana de un linaje menor, sin apellido. Aquí tienes una casa, tienes un hijo que es mío. Fuera de aquí no eres nadie."
Lo dijo sin gritar.
Con la seguridad de quien enuncia un hecho.
Me puse de pie.
Cinco años de amor, y esas fueron las palabras que le salieron.
Tomé la maleta.
"Gedeón es mi hijo."
"Es mi heredero."
"Es mi hijo, Zenón."
"Es el hijo del Lord de Dientebrasa. La ley del Aquelarre dice que un heredero no sale del territorio."
"Pregúntale a la ley de qué lado está el niño cuando se despierte."
Me miró con una mezcla de rabia y miedo.
"No puedes."
"Puedo."
"Voy a llamar a la guardia."
"Llámala."
Se quedó mirándome.
Esperé que lo hiciera.
No lo hizo.
Dio un paso atrás.
"Estás celosa", dijo. "Eso es todo. Estás celosa de Leocadia, y cuando se te pase..."
"Cuando se me pase, ya no estaré aquí."
Salí del cuarto.
Fui a buscar a Gedeón y lo cargué dormido contra el hombro.
Zenón no me siguió.
Esa noche me quedé en el cuarto de los niños, sentada en un sillón junto a la ventana, con el niño en el regazo.
Esperé.
A las seis de la mañana, cuando el cielo empezaba a ponerse gris, oí el primer cuerno.
Un cuerno largo, hondo, que cruzó el valle desde el sur.
Conocía ese sonido.
Lo conocía desde niña.
Gedeón se movió en mi regazo.
"¿Mamá?"
"Tranquilo."
Me asomé a la ventana.
Por el camino de la sierra, entre la niebla, avanzaba una columna de jinetes.
Cuarenta, cincuenta.
Capas azules, lanzas con banderines plateados, caballos negros.
Al frente, un hombre rubio en un caballo blanco, con una bandera azul que mostraba tres lagos entrelazados sobre fondo de plata.
La guardia real de los Tres Lagos.
Se detuvieron en el patio de Dientebrasa con un estruendo de herraduras.
En el Aquelarre se encendieron las luces.
Se oyeron gritos, puertas, pasos.
Zenón apareció en el balcón principal, en camisa, despeinado.
"¿Quién osa...?"
El hombre rubio se quitó el casco.
Treinta y cinco años, pelo ceniza corto, ojos azules, una cicatriz fina en el labio superior.
Lisardo Maceda.
Capitán de la guardia real.
Hacía cinco años que no lo veía de cerca.
Alzó la vista hacia mi ventana.
Y se llevó el puño al pecho, en el saludo de los Tres Lagos.
Zenón siguió su mirada, sin entender.
"Lord Albornoz", dijo Lisardo, con una voz que cruzó el patio. "Soy el capitán Maceda, de la guardia de Su Majestad el Rey Eleodoro Ruanova. Vengo por orden suya."
Zenón palideció.
"¿Por orden del Rey? ¿Qué quiere con el Aquelarre?"
"No vengo por el Aquelarre." Lisardo desmontó. "Vengo por su hija."
Hubo un silencio.
Zenón miró a un lado y a otro, buscando a quién se refería.
"No sé de qué habla. Aquí no hay ninguna hija de..."
Abrí la ventana.
Salí al balcón con Gedeón dormido contra el pecho.
El aire frío de la sierra me despeinó.
Abajo, cincuenta jinetes de capa azul se llevaron el puño al corazón a la vez.
"Yo soy", dije en voz alta, para que me oyera todo el patio.
"Soy Evangelina Ruanova."