Tras el accidente: un derrumbe de amor, novela · Capítulo 6 de 12
Capítulo 6: La mesa del Don
La hacienda de los Castellani estaba en Alvarado, entre manglares, al final de un camino de tierra que olía a sal.
Era una casona de dos pisos, con corredores de arcos, una fuente seca y palmeras de cuarenta metros.
Llegué a las siete menos diez, en un taxi que dejé en la puerta.
Dos hombres con chamarra de cuero me registraron los bolsillos.
No encontraron nada.
No llevaba nada.
Me guiaron por el corredor hasta un comedor largo, con techo de vigas negras, candelabros de hierro y una mesa para veinte.
Había catorce personas sentadas.
Hombres de traje oscuro y sus esposas, en vestidos discretos, con copas de vino a medio llenar.
Todos callaron al verme entrar.
A la cabecera, en un sillón de respaldo alto, con las manos sobre el puño de un bastón de ébano, estaba Don Ubaldo Castellani.
Setenta años.
Cabello blanco peinado hacia atrás.
Bigote blanco.
Ojos grises, como los de su hijo, pero más fríos.
Y a su izquierda, atado a una silla de madera, con la camisa rota y un ojo morado, estaba Wences.
Alzó la cabeza al verme.
Negó despacio.
"Celina", dijo el Don, sin levantarse. "Qué alegría. Una difunta con tan buena salud."
Caminé hasta la mesa con la espalda recta.
"Suelte a mi amigo."
"Siéntese primero."
"Suéltelo."
"Hija." Sonrió con paciencia. "Aquí se come antes de negociar."
Miré a los catorce rostros.
Ninguno me sostuvo la mirada.
Me senté en la silla vacía que alguien había dejado a su derecha.
Un criado me sirvió sopa de mariscos.
No la probé.
"Me alegra que haya venido", dijo el Don. "Mis hombres me aseguraron que usted era una mujer razonable."
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