Un Anhelo Sin Final, novela · Capítulo 4 de 24
Capítulo 4: Rosas blancas
Pasé la noche en un cuarto de la azotea de la Academia Santa Cecilia.
La directora me había dado la llave sin hacer una sola pregunta.
Era un cuartito de cuatro metros, con una cama angosta, un lavabo y una ventana que daba a los techos de Barranco.
A las seis de la mañana volví al departamento de San Isidro en taxi.
El vigilante me dejó pasar con una cara de compasión que me dolió más que cualquier grito.
Hugo no estaba.
Dormía en casa de su madre, supe después.
Metí en una maleta mi ropa, mis zapatos de ensayo y las carpetas con mis partituras.
Saqué del armario el estuche negro de mi chelo.
Era el chelo de mi mamá, un instrumento viejo, de madera oscura.
Tenía una raya en el costado, de cuando se le cayó una taza de té a mis diez años.
Dentro del estuche, bajo la tapa, guardaba una carpeta azul.
Ahí estaba la suite en la que trabajaba desde que me casé.
La había llamado "Anhelo".
Tenía cuatro movimientos escritos, y el último estaba en blanco desde hacía cinco años.
Cada vez que intentaba escribir el final, esperaba que Hugo llegara a casa, y ya no escribía nada.
Cerré el estuche con un golpe seco.
Pasé por la cocina por última vez y me llevé solo mi taza azul.
A las nueve ya estaba en el aula, dando clase de chelo a una niña de doce años.
Tocaba una gavota con los dedos torpes.
"Más suave el arco", le dije. "Como si acariciaras al gato."
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