Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 3 de 24
Capítulo 3: La sala de espera
Sola en una clínica, Javiera pierde al bebé y le entrega a Claudio los papeles del divorcio.
La ambulancia me llevó a la Clínica Santa María, y en la sala de urgencias estaba Tania.
Había hecho turno doble ese fin de semana, y apenas me vio entrar en la camilla, con el vestido manchado y la cara blanca, soltó la bandeja que traía.
"Javi."
"Hola."
"¿Qué pasó?"
"Me caí por una escalera."
"¿Estás embarazada?"
Cerré los ojos.
"Nueve semanas."
Tania me tomó la mano y no me soltó durante todo el examen.
El médico tardó veinte minutos.
Cuando por fin se acercó, tenía la voz amable y los ojos muy cansados.
"Señora Echenique, lo siento mucho. El bebé no está."
Asentí.
"La caída fue fuerte. Ha habido un desprendimiento. Vamos a tener que hacer un legrado para limpiar."
"Entiendo."
"¿Su esposo está aquí?"
"No."
"¿Quiere que lo llame?"
Pensé en la espalda de Claudio, dando la vuelta hacia Oriana.
En su grito: "¡Quítate!".
"No", dije. "Que no se entere."
El médico dudó.
"Es su derecho", añadió Tania, con firmeza. "La paciente decide."
El médico asintió y salió.
Cuando se cerró la puerta, mi amiga se sentó en el borde de la camilla y me abrazó.
Entonces sí lloré.
Lloré sin ruido, con los hombros temblando, y las lágrimas me corrían hacia las orejas.
Lloré por el bebé que no iba a tener cara, ni nombre, ni voz.
Lloré por la mujer que a las diez de esa mañana se había mirado en el espejo del baño y se había atrevido a sonreír.
"Lo voy a matar", murmuró Tania, con los dientes apretados.
"No."
"Sí."
"No. Voy a hacer algo peor."
"¿Qué?"
"Irme."
A las cuatro de la tarde, doña Gilda apareció en el pasillo de la clínica con su abrigo de piel y los labios apretados.
Se asomó a la puerta de mi box.
Tania se interpuso.
"Señora, no puede pasar."
"Soy su suegra."
"Y la paciente pidió que nadie entrara."
Doña Gilda me miró por encima del hombro de Tania.
"Me dijeron en admisión que hubo una pérdida", dijo, bajando la voz. "Estas cosas pasan, hija. No hagas una tragedia. Ya vendrán otros."
No contesté.
Me quedé mirándola, sin parpadear, hasta que ella desvió la vista y se fue taconeando por el corredor.
Me operaron esa tarde.
Fue rápido, anestesiado y sin dolor.
Desperté a las ocho de la noche en una habitación individual, con una bata blanca, una vía en el brazo y un frío que me llegaba hasta el hueso.
En la silla de visitas estaba Claudio.
Tenía la corbata torcida, la camisa arrugada, y la cara de un hombre que había envejecido diez años en un día.
Se puso de pie de un salto.
"Javiera."
"¿Cuánto tiempo llevas ahí?"
"Diez minutos. Me avisó mi madre."
"Qué amable."
"Estaba con Oriana. Tuvo un ataque terrible, la tuvimos que llevar a la Clínica Alemana, estaba muy mal..."
"Lo sé."
"No me enteré de que te habías golpeado tanto. Mi madre me dijo que fue una caída tonta. ¿Estás bien?"
Lo miré.
Pensé en decírselo.
Estás hablando de la caída en la que perdí a tu hijo, imbécil.
Pero la sala era blanca, los pasillos olían a desinfectante, y mi voz se había quedado en algún lugar del quirófano.
"Estoy bien", dije.
"Qué alivio."
Se pasó una mano por el pelo.
"Me asusté mucho. No sé qué haría si te pasara algo."
"Ya me pasó."
"Pero estás bien."
"Sí."
"Bueno. Entonces mañana te vienes a la casa de mi madre unos días, para que te cuiden."
"No."
"Javiera..."
"Quiero irme a mi casa."
"Ya, a nuestra casa."
"Claudio."
"Dime."
"Trae mi cartera."
Me la alcanzó.
La abrí sobre las rodillas, con dedos torpes por la anestesia.
Del fondo saqué un sobre amarillo, doblado en tres, que llevaba dos meses guardado entre el pasaporte y la libreta de tapas verdes.
Lo había preparado con la prima abogada de Tania, el mismo día que Claudio canceló el viaje a Chiloé.
Nunca me había atrevido a usarlo.
Se lo extendí.
Él lo recibió sin entender.
"¿Qué es esto?"
"La quinta", dije.