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Aprobó El Examen Sentada En Mis Piernas, novela · Capítulo 7 de 24

Capítulo 7: El escritorio

El jueves por la noche, la oficina de instructores olía a café frío y a papel.

Eran las diez, el edificio estaba vacío, y yo había apagado todas las luces salvo la lámpara de mi escritorio.

Daniela estaba sentada sobre él, con las piernas cruzadas y el manual de reglamento de tránsito abierto en el regazo.

Llevaba una de mis camisas blancas, sin nada debajo, y los tenis sucios colgando.

"Pregunta uno", leí. "¿Qué significa una línea continua amarilla en el centro de la calle?"

"Que no se puede rebasar."

"Correcto."

Se quitó un tenis y lo tiró al suelo.

"Eso es cuando falla", dije.

"Es mi forma de celebrar."

"Pregunta dos. ¿A qué distancia máxima debe estacionarse un vehículo de la banqueta?"

"Treinta centímetros."

"Treinta centímetros."

"Entonces es otro tenis."

"Daniela."

"Pregunta tres."

Se la hice.

Contestó cuatro más sin fallar, con la barbilla levantada y los ojos burlones.

A la sexta, se equivocó.

"Es de cuarenta kilómetros por hora en zona escolar."

"Veinte", dije.

"Ay."

"Falla."

Me miró con una sonrisa lenta.

Se desabotonó la camisa de arriba abajo, botón por botón, y la dejó abierta, con las tetas libres y el vientre desnudo.

"Ya no me queda mucho que perder", dijo.

"Sí te queda."

Dejé el manual.

Me levanté y me paré frente al escritorio.

Ella abrió las rodillas, y entre sus muslos vi que no llevaba nada puesto.

"Instructor", susurró. "¿Me castiga?"

"Te voy a enseñar a no equivocarte."

Metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó un objeto pequeño, rosa, del tamaño de un labial.

Lo puso sobre el manual.

"Lo traje para los nervios del examen."

Lo tomé.

Lo giré entre los dedos hasta encontrar el botón.

Zumbó, bajito, en mi palma.

Lo apoyé primero sobre su pezón, y la punta dura se le erizó todavía más.

Ella se mordió el labio y se cubrió la boca con el dorso de la mano.

"Las manos en el escritorio", le dije.

Obedeció, aunque le costó.

Dibujé con el juguete un camino lento por el vientre y el ombligo.

Bajé por la cara interna de los muslos, sin tocarla donde más lo necesitaba.

Ella levantó las caderas buscándolo.

"Quieta, alumna."

"Es que... es que me va a matar, instructor."

"Todavía no empiezo."

"¿Te lo has usado frente a alguien?"

"Nunca."

"Hoy sí."

La acosté de espaldas sobre el escritorio, con las piernas colgando por el borde y los papeles cayendo al suelo.

Le abrí los muslos.

Apoyé el vibrador contra su clítoris, apenas rozándolo, y ella soltó un gemido que llenó la oficina vacía.

"Pregunta siete", dije, con la voz grave. "¿Qué se hace ante un semáforo en amarillo?"

"Ay, Dios..."

"Responde."

"Se... se frena si hay distancia."

"Bien."

Subí la intensidad y moví el vibrador en círculos pequeños.

Ella se retorcía sobre la madera, con las manos aferradas al borde.

"Pregunta ocho. ¿Cuál es la prioridad en un crucero sin señales?"

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