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De Compañera Estéril a Reina Pregnante, novela · Capítulo 3 de 24

Capítulo 3: Los errantes

Huye por el bosque, la atacan lobos errantes y el río la arrastra hasta que alguien la saca.

Corrí por las escaleras de piedra con las manos quemadas y los pies descalzos.

Arriba, el patio de la Casa de las Lunas estaba lleno de guardias.

Alguien gritó.

Una flecha silbó junto a mi oreja.

Salté el muro del jardín y caí sobre la nieve de abril.

Seguí corriendo hacia el bosque, entre lengas y ñires, con la campana sonando a mis espaldas.

Detrás de mí, aullidos.

Los lobos de Piedra Blanca se estaban transformando.

Los oí cambiar, el crujido de huesos, el rasgar de la ropa, los gruñidos graves.

Una jauría entera detrás de mí.

Yo no podía transformarme.

Mi loba seguía dormida, herida por la plata.

Corrí a pie, con el corazón en la boca, sintiendo cómo el frío me cortaba los pulmones.

Una hora.

Dos.

Cuando el sol cayó detrás de las montañas, la persecución se había quedado atrás.

Caí de rodillas junto a un arroyo helado, jadeando.

Me lavé las manos en el agua.

La plata había dejado marcas negras, como encaje, en toda la palma.

Bebí.

Descansé un minuto.

Un solo minuto.

Fue suficiente.

Oí el crujido de una rama detrás de mí.

Después otro.

Me volví despacio.

Entre los árboles, a diez metros, brillaban cuatro pares de ojos amarillos.

Lobos.

Pero no de Piedra Blanca.

Eran grises, flacos, con el pelo apelmazado y las costillas marcadas.

Errantes.

Lobos sin manada.

Olían a podredumbre, a hambre, a sangre vieja.

El más grande dio un paso adelante, enseñando los dientes.

Retrocedí.

"Tranquilos", susurré.

No me entendieron.

O no quisieron.

El primer errante saltó.

Me tiré a un lado, rodé por la nieve y me puse de pie, con una rama gruesa en la mano.

Le golpeé el hocico con todas mis fuerzas.

El lobo aulló, cayó de lado, y otros dos se me echaron encima a la vez.

Sentí colmillos en el hombro.

En el muslo.

Grité.

Mi loba, por fin, se removió dentro de mí.

Un gruñido interno, bajo, furioso.

"Quilla", jadeé. "Ayúdame."

Una oleada de calor me recorrió la espalda.

Los huesos me crujieron.

Empecé a transformarme, y el dolor fue tan grande que perdí la visión.

Pero algo falló.

La plata, todavía en mi sangre, bloqueó el cambio a la mitad.

Quedé en un estado horrible, medio humana y medio lobo, con las manos convertidas en garras y la cara aún mía.

Los errantes se echaron atrás un instante, confundidos.

Aproveché.

Corrí hacia el río.

Era un torrente de deshielo, ancho y negro, que bajaba de la montaña con un rugido ensordecedor.

No había otro camino.

Salté.

El agua me golpeó como un muro.

Me arrastró.

El frío me cortó el aliento, me atravesó la piel, me paralizó los músculos.

Tragué agua.

Me hundí.

Salí a la superficie, tosiendo, y volví a hundirme.

Una piedra me golpeó el costado.

Otra la cabeza.

Pensé en Bautista.

Pensé en sus manos, en su boca, en la víspera.

Pensé: "Qué tonta fui".

Y en el fondo de mi vientre sentí algo muy pequeño, muy caliente, que se movió.

No era una patada.

Todavía no.

Era apenas un latido.

Un segundo corazón, diminuto, que palpitaba junto al mío.

"No", susurré, con el agua entrando por la boca. "No, no, no."

El río me llevó.

Todo se volvió negro.

Y de pronto, entre la oscuridad y el rugido del agua, sentí que algo me agarraba por el brazo.

Fuerte.

Cálido.

Humano.

Me arrastró hacia la orilla, entre piedras y barro, y me tendió boca arriba sobre la nieve.

Alguien me golpeó la espalda.

Escupí agua.

Respiré.

Abrí los ojos.

Sobre mí, contra un cielo de estrellas, había un rostro.

Era un hombre de unos treinta y cinco años, con barba oscura y ojos grises como el acero.

Tenía el pelo empapado y una cicatriz que le cruzaba la ceja.

Me miraba con una intensidad que me dio escalofríos.

"Ya te tengo", dijo, con una voz grave, profunda. "Ya te tengo."

Quise decir algo.

No pude.

La oscuridad me tragó.

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