De su escudo a su pesadilla, novela · Capítulo 1 de 20
Capítulo 1: Luna de sangre
Tras cien años de amantes secretos, Casimiro anuncia su vínculo con la princesa Eulalia y llama a Zenaida bolsa de sangre; ordena llevarla a la Cámara del Vacío.
La luna de sangre subió sobre el Volcán de Agua a las nueve y cuarto, roja como una herida abierta.
Era la número mil doscientas de mi vida con él.
Yo lo sabía porque las había contado todas.
Casimiro me esperaba en la torre del reloj de Casa Aldana, sin saco, con la camisa abierta hasta el pecho.
Tenía los ojos grises encendidos de rojo.
Siempre se le encendían en luna de sangre.
"Llegas tarde", dijo.
"Tuve que renovar las Guardas."
"Eso no es excusa."
"Es mi trabajo."
"Tu trabajo es esto."
Me tomó de la muñeca y tiró.
Choqué contra su pecho, duro y frío, y sentí la boca de él en mi cuello, justo donde latía el pulso.
Cerré los ojos.
Cien años.
Cien años de esconderme en las sombras de su casa.
Cien años de bajar la mirada en los salones y sonreír como una empleada leal cuando él pasaba junto a otras mujeres.
Y todas las lunas de sangre, esa torre.
Me quitó el vestido con una mano.
La tela negra cayó a mis pies con un susurro.
Debajo no llevaba nada, porque él lo prefería así.
"Mírate", murmuró.
Me alzó en brazos y me tendió sobre la cama de dosel, bajo la ventana abierta.
Se arrodilló entre mis piernas.
Su boca me encontró.
Gemí contra la almohada.
Su lengua era fría y lenta, y me recorría con una paciencia de siglos.
Arqueé la espalda y le agarré el pelo negro con las dos manos.
"Casimiro."
"Dilo otra vez."
"Casimiro."
Dos dedos largos entraron en mí, curvos, y su lengua dio una vuelta lenta alrededor del clítoris.
Me vine con un grito ahogado, tirando de su pelo, con los muslos temblando.
Él se alzó, con la boca brillante.
Me miró desde arriba.
Se desabrochó el pantalón.
Su verga saltó, gruesa, dura, fría como todo en él, y me estremecí cuando la apoyó contra mi entrada.
"Mía", dijo.
Entró de un solo golpe.
Me arqueé, con un sonido que no pude contener.
Empezó a embestir, hondo, sin piedad, con las manos clavadas en mis caderas.
La cama crujió.
Sus colmillos aparecieron, largos y blancos, y me miró a los ojos.
"Pídelo", susurró.
"Muérdeme."
"Más fuerte."
"Muérdeme, Casimiro. Por favor."
Hundió los colmillos en mi cuello.
El dolor fue agudo, rápido, y se volvió enseguida un placer enorme que me recorrió desde la nuca hasta los pies.
Me vine otra vez, gritando su nombre, mientras él bebía y empujaba y gemía contra mi piel.
Sentí su orgasmo dentro de mí, frío y largo.
Se separó despacio.
Me lamió la herida, que se cerró sola.
Se quedó encima de mí, con la frente pegada a mi pecho.
"Eres la única", murmuró, con los labios sobre mi clavícula. "Ninguna otra sangre, ningún otro cuerpo, me hace perder el control como tú."
Cerré los ojos, feliz.
Idiota.
Todavía lo estaba.
Se incorporó.
Se arregló la camisa.
Abrochó los puños con dos gemelos de plata, uno por uno, sin mirarme.
Yo me quedé tendida, desnuda, con el pulso tardando en calmarse.
"Mañana por la noche", dijo, "anunciaré mi vínculo eterno."
Me incorporé a medias.
"¿Tu qué?"
"Con Eulalia Solórzano. La princesa de sangre pura."
Las palabras llegaron una a una, como piedras al agua.
"Es una alianza que mi clan necesita", añadió. "La Noche Hueca nos está matando. Los Solórzano tienen lo que hace falta."
"Casimiro."
"No pongas esa cara."
"¿Qué cara?"
"La de alguien que creyó que podía ser otra cosa."
Se dio la vuelta y me miró desde la puerta.
Tenía una media sonrisa de superioridad.
"No creíste de verdad que ibas a ser mi compañera, ¿o sí?"
Ni siquiera pude abrir la boca.
"Eres una humana", dijo. "Bendecida con larga vida por mis ancestros. Mi calentadora de cama. Una buena bolsa de sangre renovable."
Cada sílaba me abrió algo.
"Cien años", logré decir.
"Y fueron cien buenos años. No lo estropees poniéndote sentimental."
Fue hasta la puerta y la abrió.
Dos guardias esperaban en el pasillo, con las capas negras del clan.
"Llévenla a la Cámara del Vacío", ordenó.
"Las Guardas necesitan sangre fresca para sostenerse durante la ceremonia."
"Que se quede dentro hasta que yo mande abrir."
"Mi señor", dijo uno, titubeando. "¿Hasta cuándo?"
"Hasta que yo lo diga."
Me miró por última vez.
"Gracias por tu servicio, Zenaida."
Y se fue.