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De su escudo a su pesadilla, novela · Capítulo 3 de 20

Capítulo 3: El brindis

Zenaida vuelve al banquete de compromiso, devuelve el anillo y destruye lo que Casimiro le dio; él le jura que volverá.

Entré a Casa Aldana por la puerta principal, a las diez de la noche siguiente.

No me oculté.

No usé la entrada de servicio, ni la escalera de atrás, ni los pasillos por donde había caminado cien años con la cabeza gacha.

Crucé el patio de las fuentes, bajo los faroles de hierro, con las Guardas brillando suavemente sobre mi piel como una armadura de luz.

Los criados me veían pasar y se hacían a un lado.

Dos guardias, los mismos de la noche anterior, se cuadraron.

Uno de ellos bajó la cabeza.

"Señora Zenaida."

"Ábrame la puerta del salón."

La abrieron.

El gran salón de los Aldana tenía techos de doce metros, columnas de piedra negra y una araña de cristal del tamaño de una carroza.

Doscientos vampiros llenaban la sala.

Ancianos de capas largas, mujeres con vestidos de seda y colmillos delicados, jóvenes de pelo engominado que bebían de copas de plata.

El olor a sangre dulce flotaba en el aire.

Al fondo, sobre un estrado, estaba Casimiro.

Llevaba un traje negro con una cadena de oro en el pecho.

A su lado, tomada de su brazo, estaba una mujer con un vestido blanco de encaje.

Eulalia Solórzano.

Era hermosa de una forma que daba frío.

Pelo castaño recogido, piel de nácar, sonrisa dulce.

Cuando me vio entrar, esa sonrisa no cambió.

Pero sus dedos se apretaron en la manga de él.

Casimiro giró la cabeza.

Me vio.

Vi cómo se le iba el color de la cara, algo que en un vampiro es difícil de apreciar.

Se le encendieron los ojos de rojo.

"Zenaida", dijo.

El salón entero se quedó quieto.

Caminé por el pasillo central, entre las filas de invitados, con los tacones resonando sobre el mármol.

Me detuve al pie del estrado.

"Buenas noches, mi señor."

"¿Cómo saliste?"

"Por la puerta."

"La Cámara estaba sellada."

"La Cámara está en ruinas."

Un murmullo recorrió la sala.

Casimiro dio un paso.

"No sé qué has hecho, pero no tienes derecho..."

"Tengo todos los derechos."

Levanté la mano izquierda.

En el dedo anular llevaba un anillo de plata con una perla negra.

El anillo de guardiana del clan Aldana, que él mismo me había puesto un siglo atrás, con una promesa.

Me lo quité despacio.

Lo dejé caer sobre el estrado, donde rodó con un tintineo hasta sus zapatos.

"Aquí tiene su anillo."

Un jadeo.

"Zenaida..."

"Y esto."

Me desprendí del cuello el collar de perlas que me había regalado hacía cuarenta años.

Lo solté sobre la alfombra.

De mi bolso saqué la llave de la casa de la calle del Arco, que él me había dado como regalo "por servicios leales".

Se la arrojé a los pies.

De mi muñeca saqué la pulsera de rubíes.

De mi dedo saqué otro anillo, más pequeño.

De mi cabello, las peinetas de oro.

Una por una, fui dejando caer ante cuatrocientos ojos todo lo que Casimiro Aldana me había dado en cien años.

Quedó un montoncito brillante a sus pies.

Nadie respiraba.

"Esto no hace falta", dijo él, con una voz que apenas le salía. "Zenaida, hablemos en privado."

"No hay nada que hablar."

"Tienes que estar loca."

"Soy la única persona sana en esta sala."

Eulalia sonrió con suavidad.

"Querido, está alterada. Los humanos se ponen así cuando..."

"No te hablo a ti", dije, sin mirarla.

Eulalia cerró la boca.

Subí un escalón del estrado.

Casimiro retrocedió sin darse cuenta.

"Hace cuatrocientos años, un Aldana firmó un pacto con mi familia", dije, en voz alta, para que me oyera toda la sala.

"Mi sangre alimentaba las Guardas. A cambio, mi familia recibió larga vida."

"Todos lo saben."

"Lo que no todos saben es que el pacto tenía una brecha."

"Si el Señor entregaba su sangre a otra casa sin liberar al escudo, el pacto moría."

Un silencio de tumba.

"Anoche, mi señor anunció un vínculo eterno con la princesa Solórzano, delante de dos testigos. Y me llamó bolsa de sangre."

Un murmullo furioso.

"Y no me liberó."

Casimiro cerró los ojos.

"Por tanto", dije, "las Guardas de esta casa ya no son suyas."

Levanté la mano.

Sentí las Guardas girar en mi sangre.

Arriba, en el techo, las doce líneas invisibles que protegían el salón desde hacía cuatrocientos años se encendieron, brillaron, y se apagaron una a una.

La araña de cristal tembló.

Una sombra espesa se coló por las rendijas de los ventanales.

Un anciano gritó.

"¡La Noche Hueca!"

"Tienen siete noches", dije, sin elevar la voz. "Para hallar otro escudo o para preguntarle a su Señor por qué no me liberó."

"¡Zenaida!"

Casimiro bajó del estrado de un salto.

Me tomó de la muñeca.

Estaba helado, y temblaba.

"No te vayas."

"Suéltame."

"Volverás", susurró, con los ojos rojos y desorbitados. "Te encontraré. No hay lugar del mundo donde puedas esconderte de mí."

Lo miré a los ojos.

"Inténtalo."

Me solté.

Me di la vuelta.

Caminé hacia la salida con la espalda recta, entre doscientas caras blancas, mientras la sombra trepaba por las paredes.

Detrás de mí oí, como un gruñido, el nombre de mi familia.

Y la voz dulce de Eulalia, tarareando muy bajo.

Tres notas arriba, dos abajo.

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