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De su escudo a su pesadilla, novela · Capítulo 9 de 20

Capítulo 9: La casa Solórzano

La Casa Solórzano ocupaba una manzana entera en el centro de Antigua, detrás de un muro amarillo y una puerta de hierro forjado.

Entré a medianoche, por el techo.

Rigoberto me subió con una cuerda hasta la cornisa, me guiñó un ojo y se quedó abajo, entre las sombras de un naranjo.

"Si oyes un silbido, corre", susurró.

"¿Y si oigo dos?"

"Corre más."

Crucé las tejas sin hacer ruido.

Las Guardas sobre mi piel eran suaves y casi invisibles, un velo que apagaba mi olor y mis pasos.

Un vampiro puede oír el corazón de una humana a veinte metros.

El mío latía bajo una capa de luz que lo tapaba.

Bajé a un patio interior por una pared cubierta de buganvilias.

Había farolas apagadas, una fuente seca, y una puerta de roble tallado con el escudo de los Solórzano: un halcón sobre una luna.

La abrí con una horquilla.

Mi padre me había enseñado.

Dentro olía a cera y a papel viejo.

Una biblioteca enorme, con dos pisos de anaqueles, una escalera de caracol de hierro y mesas de lectura con lámparas verdes.

Caminé entre los libros con la luz de mi propia piel.

Quería un solo dato.

Una pista.

Cualquier cosa que me dijera de dónde salía el hilo.

En el fondo de la sala, detrás de una cortina de terciopelo, encontré otra puerta.

Más pequeña.

De metal negro.

Cuando puse la mano, las Guardas se estremecieron hasta los codos.

Empujé.

La habitación era circular, sin ventanas.

En el centro, sobre un pedestal de piedra, había una urna de obsidiana del tamaño de un caldero.

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