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Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 5 de 24

Capítulo 5: El regulador

La casa del lago estaba al final de un camino de tierra, a doce kilómetros de Villarrica, entre araucarias y helechos.

La había heredado de mi papá.

De pequeña pasaba aquí los veranos, remando en el muelle de madera, comiendo mote con huesillo y leyendo debajo de la parra.

Eliseo me dejó en la puerta a las tres de la tarde del catorce de marzo.

Bajó mi bolso del maletero y lo cargó hasta la sala.

"Voy a hacerte una cena especial", dijo.

"¿No te quedas?"

"Tengo una urgencia en la clínica. Dos horas de guardia. Vuelvo para el postre."

Mentía.

Lo supe por la manera en que evitó mirar el reloj.

Me abrazó.

Me besó el pelo.

"Te amo, Violeta."

"Yo también."

Subió al auto y lo vi alejarse por el camino hasta que se perdió entre los árboles.

Esperé cinco minutos.

Después saqué del bolso un par de guantes de goma, una linterna y el teléfono con la cámara.

El sótano de la casa se abría por una escotilla de madera, en la cocina.

Bajé por la escalera de tablones.

Olía a humedad y a gas.

No demasiado.

Lo justo para que se sintiera, si uno sabía qué buscar.

En la pared del fondo estaba el regulador, un cilindro de metal gris conectado a la línea que subía a la cocina y a la calefacción.

Lo iluminé con la linterna.

Alguien había quitado la válvula de seguridad y la había reemplazado por un tubo flexible, delgado, sin sellar.

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