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Descubrí el Fraude de mi Matrimonio, novela · Capítulo 3 de 16

Capítulo 3: La clínica

El médico cuenta las horas del depósito retrasado y Lucila descubre que la firma que lo autorizó es la de Giannina como señora de Piaggio.

La sala de espera de la Clínica Santa Teresa olía a lavanda y a antiséptico.

Era la misma de hace cuatro días.

Los mismos sillones de cuero beige, el mismo cuadro abstracto de colores apagados, la misma recepcionista de maquillaje impecable.

Me senté en el borde de un sillón con los tacones en el regazo.

Tenía las plantas de los pies cortadas.

Una enfermera me trajo una bolsa de hielo sin que yo la pidiera.

Mientras esperaba, la memoria me llevó adonde no quería ir.

Fue una noche de febrero, a las dos de la madrugada.

Yo dormía de lado en nuestra cama enorme, con la ventana entreabierta.

Escuché la llave en la puerta.

Pasos lentos en la sala.

El murmullo de un hombre que se quita el saco.

Flavio llegó a nuestra recámara oliendo a avión y a lluvia.

No encendió la luz.

Se sentó en el borde de la cama y me apartó el pelo de la cara.

"Duerme", susurró.

"No duermo."

"Perdóname. El vuelo se atrasó."

"Siempre se atrasa."

Se rio bajito y me besó.

Fue un beso largo, cansado, que supo a whisky y a ganas.

Lo rodeé con los brazos.

Me quitó el camisón por la cabeza sin apuro.

Sus manos grandes, ásperas, me recorrieron las costillas, la cintura, las caderas, como si quisiera comprobar que seguía entera.

Se desvistió a oscuras.

Se tendió sobre mí, y yo abrí las piernas para recibirlo.

Entró despacio, hasta el fondo, con un gemido ronco contra mi cuello.

Me aferré a su espalda.

Hacía semanas que no nos tocábamos.

Lo sentí duro, caliente, lleno, y moví las caderas para encontrarlo.

"Lucila", murmuró. "Te extrañé."

"Cállate y muévete."

Se movió.

Más hondo.

Más rápido.

Sus embestidas hacían crujir el colchón.

Yo le clavé las uñas en los hombros y me corrí con un grito sofocado en su boca, apretándolo tanto que él soltó una maldición y se vació dentro de mí, temblando.

Se quedó encima, respirando contra mi pecho.

Me acarició el pelo.

A las seis de la mañana ya no estaba.

Una nota en la mesita, escrita con letra apresurada.

"Vuelo a Milán. Te llamo."

No llamó.

Un mes después, la prueba marcó dos rayas.

Recordé esa noche con la bolsa de hielo derritiéndose contra mis pies.

"Señora Arévalo."

Levanté la vista.

Una mujer de unos cuarenta años, con bata blanca y anteojos, estaba de pie frente a mí.

Pelo corto, mirada cansada.

La reconocí al instante.

Era la médica que me atendió el domingo.

"Doctora."

"No esperaba verla tan pronto."

"Necesito que me cuente exactamente qué pasó."

Dudó.

"Hay un procedimiento para entregar el expediente."

"Soy la paciente."

"Sí, pero..." Miró hacia el mostrador y bajó la voz. "Pase a mi consultorio."

La seguí por un pasillo largo.

Cerró la puerta y se sentó frente a mí, sin escritorio entre las dos.

"Cuando usted llegó, a las cuatro y diez, tenía un desprendimiento parcial", dijo. "El latido fetal era débil pero presente. Había que intervenir lo antes posible para intentar estabilizar."

"Y la clínica pidió un depósito."

"Es el protocolo para cirugía no cubierta por seguro. El seguro de usted estaba suspendido."

"¿Suspendido?"

"Desde hace seis semanas."

Me quedé helada.

"Yo no sabía."

"Lo supe esa tarde." La doctora bajó los ojos. "Admisión pidió el depósito. Usted llamó a su esposo. Sin respuesta. A las cinco, una señora llamó a la clínica. Dijo que era la señora Piaggio y que se encargaría."

"Giannina."

"Dijo que necesitaba autorización del titular. A las siete, que el titular estaba en reunión. A las nueve, que estaba procesando la transferencia."

"¿Y usted?"

"Yo seguí monitoreando. A las ocho y media, el latido desapareció."

Se me cerró la garganta.

"Podían haber operado."

"No puedo decirle que habríamos salvado el embarazo." Me sostuvo la mirada. "Pero la oportunidad existió, y se perdió por esperar a que alguien firmara."

Respiré hondo.

"¿Quién firmó el depósito?"

"La transferencia llegó a las once menos diez de la noche."

"¿Con qué firma?"

La doctora dudó otra vez.

"Venga conmigo."

Me llevó a admisión, una oficina pequeña con tres escritorios y una pared cubierta de formularios.

Una administrativa joven nos miró con cara de susto.

"Muéstrele el formulario del domingo", pidió la doctora.

La chica buscó en un archivador.

Sacó una hoja azul, con membrete.

"Autorización de garantía de pago."

Abajo, en un renglón, una firma limpia, firme, con una letra "G" larga y una rúbrica elegante.

Debajo, en letra de imprenta:

"Giannina Raffo de Piaggio."

Y en el siguiente renglón, el vínculo:

"Esposa del titular."

Leí tres veces la última frase.

"¿Esposa?", pregunté.

La administrativa tragó saliva.

"Así se presentó, señora. Mostró su DNI. Dijo que era la esposa del señor Flavio Piaggio, y que usted era una familiar suya que estaba de visita."

Sentí que el suelo se me movía.

"Familiar de visita."

"Eso dijo."

Miré la firma.

Después la fecha.

Después la hora.

Todo estaba en orden.

Todo, menos una palabra.

"Necesito una copia", dije.

La doctora y la administrativa se miraron.

"Es un documento confidencial", murmuró la chica.

"Es el documento que dice quién esperó siete horas para salvar a mi hijo."

La doctora se aclaró la garganta.

"Saque la copia", dijo. "Yo asumo la responsabilidad."

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