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El Arrepentimiento del Alfa: Recuperando a Mi Compañera Humana, novela · Capítulo 3 de 20

Capítulo 3: El lobo en la nieve

En el bosque, Ezequiel la protege de los cazadores de Gaspar y queda herido.

El lobo dio un paso hacia mí.

Yo retrocedí otro.

"Ni se te ocurra", dije, con la voz temblando de frío y de rabia.

Se detuvo.

Los ojos rojos se apagaron poco a poco, hasta volverse ámbar.

Con un crujido de huesos que yo había oído mil veces, el cuerpo del lobo se encogió y se estiró.

El pelaje se retiró.

En el lugar de la bestia apareció un hombre desnudo, arrodillado sobre la nieve.

Tenía la espalda ancha, el pelo largo suelto y la respiración rota.

Ezequiel.

Se levantó despacio.

Fue hasta un árbol y sacó de un hueco un bulto atado con una correa.

Los lobos de la manada dejaban ropa guardada cada pocos kilómetros, para cuando se transformaban en el bosque.

Se puso un pantalón gris y una camiseta, sin mirarme.

"Valeria."

"No te acerques."

"Tienes que salir de aquí."

"Eso hago."

"Gaspar mandó a cuatro lobos de su guardia. Están a tres kilómetros. Te van a alcanzar."

"Entonces correré más rápido."

"Estás embarazada de siete meses."

"Qué observador."

Se pasó una mano por la cara.

Tenía los ojos hundidos y una expresión que yo no le había visto nunca.

"Déjame llevarte. A donde sea. Después me vas a odiar lo que quieras."

"Te odio ahora."

"Está bien."

"No te creo nada. No te creo que estés aquí, ni que quieras ayudarme."

"Lo sé."

"Hace cuatro meses me dijiste que no me necesitabas."

"Lo sé."

"Y hace una hora me preguntaste de quién era mi hija delante de cien personas."

Ezequiel cerró los ojos un segundo.

"Lo sé", repitió. "Y no tengo ninguna respuesta que valga."

Un aullido largo se oyó a lo lejos, bajando por el valle.

Luego otro.

Ezequiel alzó la cabeza.

"Ya vienen."

"Entonces vete."

"No me voy a ir."

"No te estoy pidiendo..."

"Valeria." Me miró por fin, directo. "Por favor."

Fue la primera vez que le oí decir esa palabra.

Eché a andar por el sendero que subía hacia el lago.

Él me siguió a dos pasos de distancia, sin tocarme.

Caminamos en silencio durante diez minutos, con la nieve crujiendo bajo las botas.

Los aullidos se acercaban.

Yo ya no corría.

No podía.

Me dolía la cintura como si me hubieran clavado un cuchillo, y cada paso me costaba el doble.

Ezequiel se detuvo de pronto, con la cabeza ladeada.

"Se dividieron. Vienen por los dos lados."

"¿Cuántos?"

"Cuatro."

"¿Puedes con cuatro?"

Una sonrisa apretada le cruzó los labios.

"Tengo que poder."

Me empujó hacia un peñasco cubierto de nieve y me hizo agacharme detrás.

"No salgas hasta que yo te lo diga."

"No me des órdenes."

"No es una orden." Dudó. "Es lo único que sé pedir."

Se alejó unos pasos.

Se quitó la camiseta, el pantalón, y se transformó.

En un instante, el lobo negro se plantó entre los árboles, enorme, erizado, con la boca llena de colmillos.

Los vi aparecer.

Cuatro lobos grises, con los ojos amarillos y la saliva goteándoles de las fauces, salieron de la oscuridad como sombras.

Se lanzaron todos a la vez.

El primer choque fue una explosión de pelo y de rugidos.

Ezequiel agarró a uno del cuello y lo lanzó contra un tronco.

Otro le mordió el costado.

Un tercero cayó sobre su lomo.

Oí aullidos, golpes, el crujido de un hueso.

Me tapé la boca con las dos manos.

La nieve se tiñó de rojo.

Uno de los lobos grises se desprendió del grupo y vino hacia el peñasco, con las orejas gachas y los ojos fijos en mi barriga.

Agarré una rama gruesa del suelo.

Cuando saltó, la balanceé con las dos manos y le pegué en la nariz con todas mis fuerzas.

Aulló y rodó por la nieve.

Se levantó, sacudiéndose.

Volvió a mirarme.

Un rugido enorme lo derribó desde atrás.

Ezequiel lo agarró del lomo, lo lanzó lejos, y se interpuso entre él y yo.

Tenía el costado abierto en una raya larga y roja, y la sangre le corría por la pata.

Los cuatro lobos grises retrocedieron, gruñendo, cojeando.

Uno de ellos, el último en huir, soltó una frase con voz humana antes de desaparecer: "Gaspar te va a matar, Alfa".

El silencio volvió al bosque.

Ezequiel se desplomó.

Volvió a su forma humana al caer, desnudo sobre la nieve, con una herida abierta en las costillas que humeaba con un olor a quemado.

Me arrodillé a su lado.

"Ezequiel."

"Plata", murmuró. "El cuchillo... tenía plata."

"No hables."

"Valeria... la niña..."

"Está bien. Está pateando."

Cerró los ojos con un suspiro.

Lo agarré de los hombros.

Pesaba como un árbol.

"Levántate", ordené. "Levántate o te dejo aquí."

Abrió un ojo.

"Qué mandona."

"Levántate."

Se apoyó en mi hombro.

Con una fuerza que no sé de dónde saqué, lo arrastré por el sendero, paso a paso.

Jadeaba, con la barriga bailando entre los dos y las ramas rasguñándome la cara.

Cuando vimos la luz, estaba a punto de caerme.

Una casita de madera apareció entre los árboles, junto a un lago congelado, con humo saliendo de la chimenea y un cartel torcido que decía "Posada del Lago".

La puerta estaba abierta.

En el umbral había una mujer pequeña, canosa, con un chal de lana sobre los hombros.

Nos miró a los dos con unos ojos negros, tranquilos.

"Por fin", dijo.

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