El Blanco Ocaso De Un Alfa Sin Alma, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: La frontera
Caspian la recibe en la frontera de la Manada Imperial. Su padre moribundo la nombra heredera.
Conduje once horas hacia el norte, por caminos de montaña cubiertos de nieve vieja.
Cuando por fin crucé el último puente, ya había oscurecido y los pinos negros se cerraban a ambos lados de la carretera como una pared.
Reconocí el olor antes de ver nada.
Humo de leña, cuero, pino mojado.
El olor de mi casa.
Aparqué en el borde de la frontera, donde un cartel de madera tallada decía en letras antiguas: MANADA IMPERIAL.
Había una figura apoyada en el poste.
Alto, ancho de hombros, con un abrigo de cuero negro y las manos en los bolsillos.
Me quedé quieta en el auto un momento, con las manos en el volante.
Luego bajé.
El hombre levantó la cabeza.
Tenía el pelo negro, corto, y una cicatriz fina que le corría desde la oreja hasta el borde de la mandíbula.
Ojos gris azulado, serios.
Cinco años.
Cinco años sin verlo.
"Linnea", dijo.
"Caspian."
Dio dos pasos hacia mí y se detuvo.
No me abrazó.
Me miró de arriba abajo, con una intensidad que me hizo bajar la vista.
"Estás más delgada", dijo.
"Tú estás igual de insoportable."
Se le torció la comisura de la boca.
"Tu padre te espera. No tiene mucho tiempo."
"Lo sé."
"¿Quieres que te lleve?"
"Puedo ir sola."
"No lo dudo", respondió. "Pero igual te llevo."
Subimos a su camioneta.
Me pasó una manta sin hablar.
Recorrimos en silencio los dos kilómetros hasta la casa grande.
Era una casa de piedra y madera, con torres bajas y ventanas altas que daban al valle.
Yo había crecido en ella.
Había salido de ella a los veinticinco años, discutiendo con mi padre a gritos, para irme con el hombre que mi loba había reconocido como su pareja.
Y ahora volvía, a los treinta, con la cara vacía.
Mi padre estaba en su cama, bajo montones de mantas, con el rostro encogido y la barba blanca.
Había envejecido veinte años en cinco.
Se le iluminaron los ojos cuando me vio.
"Linnea."
"Papá."
Me senté en el borde de la cama, y me tomó la mano con unos dedos ligeros como ramitas.
"Te conté lo de Finley", dije.
"Lo oí. Lo siento, hija. Lo siento tanto."
No lloré.
Pero tuve que mirar a otro lado para no hacerlo.
"No tengo mucho tiempo", dijo. "El corazón. Me lo dijeron hace seis meses. Estaba esperando que llamaras."
"No sabía."
"Nunca quise que lo supieras. Eras de Kendrick. Tenías tu vida."
"Ya no la tengo."
Me apretó la mano.
"Entonces quédate."
"Me quedo."
"Como Alfa."
Respiré.
"Como Alfa."
Mi padre cerró los ojos, aliviado.
Detrás de mí, en la puerta, oí moverse a Caspian.
Entonces vi cómo mi padre se esforzaba por incorporarse.
"Mañana, al amanecer, reúne a los ancianos. Los voy a convocar. Quiero nombrarte delante de todos."
"No te canses."
"Me quedan pocos días. Me gustaría gastarlos bien."
El anuncio fue al día siguiente, en el patio de piedra frente a la casa grande, con doscientos lobos reunidos y el sol rojo detrás de las montañas.
Mi padre salió apoyado en el brazo de Caspian.
Hablaba con una voz más fuerte de la que parecía tener.
"Esta mujer es mi hija", dijo. "Se fue hace cinco años, y hoy vuelve. Yo la nombro mi heredera. La Alfa de la Manada Imperial cuando yo muera."
Hubo murmullos.
Algunos asintieron.
Otros, los ancianos de la primera fila, se miraron entre ellos con gesto duro.
Uno de ellos dio un paso adelante.
Era un lobo de sesenta años, ancho como un oso, con una melena gris y los brazos cruzados.
"Con respeto, Alfa", dijo. "La hija que abandonó la manada por otro Alfa no puede volver sin más y sentarse en el trono."
"Es mi decisión."
"Es la ley, Alfa. Si hay un reto, se resuelve en la prueba de la luna."
Mi padre me miró.
Yo ya sabía lo que iba a decir.
Di un paso al frente.
"Acepto el reto."
El anciano sonrió, mostrando los colmillos.
"Mañana, al ponerse el sol", dijo.