El Nombre que Ella Escribió con Sangre, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: El Huerto Viejo
Mirela se muda lejos de la Corte. Ansgar la visita y ella no cede. Ve a Calista con un cazador.
Me fui del Salón de la Luna antes del amanecer.
Fui a mi cuarto de la torre, metí en un baúl mis libros, mis plumas y tres vestidos.
No cogí joyas.
No cogí cartas.
Bajé al establo y ensillé yo misma a mi yegua negra.
Nadie me detuvo.
Los criados bajaron la mirada cuando pasé.
Algunos, por pena.
Otros, por miedo a que el príncipe dijera algo.
Ansgar no dijo nada.
Cabalgué toda la noche, bordeando bosques de abetos y lagos helados.
Al pie de un cerro vi el tejado de pizarra del Huerto Viejo.
Era la casa de mi madre.
Una casa de piedra gris, con un manzano torcido en el patio y un huerto de espinos que nadie había cuidado en cien años.
Había sido mi refugio de niña.
Había dejado de visitarla cuando me hice consorte.
Entré con una llave oxidada.
Dentro olía a polvo y a madera dormida.
Limpié la chimenea.
Encendí el fuego.
Me senté ante él, con las manos abiertas, y por primera vez en dos días me dejé temblar.
No lloré.
Hacía mucho que no lloraba.
Pero me temblaron los dedos durante un buen rato.
Pensé en lo que sabía.
Sabía el día exacto del Gala del Solsticio.
Sabía que los cazadores entrarían por la puerta de servicio del Salón de la Luna, en el segundo baile de la noche.
Sabía que habían entrado con una llave.
Alguien de la Corte se la había dado.
En la otra vida nunca supe quién.
Ahora tenía una sospecha.
Una sospecha de pelo rubio y collar de rubíes.
A la tercera noche, oí cascos en el camino.
Me asomé a la ventana.
Un caballo negro, enorme, y sobre él un jinete con capa azul.
Ansgar.
Venía solo.
Bajó junto al manzano, ató las riendas a una rama, y subió los tres escalones del porche con pasos largos.
Abrí la puerta antes de que llamara.
"Alteza."
"Mirela."
Se quedó mirándome en el umbral.
Parecía más delgado.
Tenía ojeras profundas, y la piel más gris que de costumbre.
"Pasa", dije, "si quieres calentarte."
"No he venido a calentarme."
"Entonces quédate fuera."
Su boca se movió un poco, en algo que no era una sonrisa.
Entró.
Se detuvo en medio de la sala, con las manos a la espalda, observando las vigas bajas y el fuego.
"No sabía que tenías esta casa."
"Hay muchas cosas que no sabe de mí."
"Eso es cierto."
Lo dijo sin ironía.
Me sorprendió.
"¿Por qué lo hiciste?", preguntó.
"Ya se lo dije."
"No me convence."
"No tiene que convencerle. Es mi decisión."
"Cuarenta años."
"Qué."
"Llevas cuarenta años a mi lado, en la Corte. Eras mi archivista. Mi secretaria. Mi..." Se detuvo. "Te elegí a ti. Hablé con el Consejo para que fueras tú."
"Lo sé."
"¿Y entonces?"
Lo miré a los ojos.
Tenía los ojos más hermosos del mundo, y los más ciegos.
"Alteza, ¿cuándo fue la última vez que me miró a la cara en una reunión?"
Frunció el ceño.
"Siempre te miro."
"Cuando habla Calista, la mira a ella. Cuando habla otra persona, la mira a ella. Cuando entra en la sala, usted gira la cabeza antes de saber por qué."
"No es cierto."
"Pregúntele a cualquiera."
No contestó.
El fuego chasqueó.
"No quiero hacerle daño", dije con calma. "Solo quiero no ser el segundo plato de nadie. Usted tiene a la mujer que quiere. Escrita en el vínculo, con su collar y su vestido."
"No la quiero."
Me quedé quieta.
Ansgar se llevó una mano a las sienes.
"Es decir..." Se detuvo. "No lo sé."
"No sabe."
"Desde que se escribió el nombre me siento..." Buscó la palabra. "Vacío."
Pensé en lo que había detrás de esa frase.
El vínculo.
Lo que él sentía ahora era lo que sentía Calista.
Y en ella no había nada para él.
"Vuelve, Mirela", dijo, y tragó saliva. "No sé qué ha pasado. Pero tú escribe tu nombre debajo. Doble vínculo. Que los dos nombres convivan."
"No."
"Por favor."
Pocas veces en cuarenta años le había oído esa palabra.
Me dolió.
Y la rechacé.
"No, Alteza. Mi nombre no va a ir en ese libro."
Ansgar cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, había recuperado la máscara.
"Entiendo."
Se dirigió a la puerta.
Se detuvo con la mano en el pomo.
"Una cosa más. Mañana hay una reunión de archivos en el palacio del Consejo. Ilse pide que vayas."
"Iré."
"Gracias."
Salió.
Esperé a oír el galope alejándose.
Al día siguiente, a media tarde, crucé el Jardín de los Cipreses, junto al palacio del Consejo.
El sol todavía no se había puesto del todo, y yo caminaba por el sendero de sombra con el sombrero calado.
Entre dos setos altos, a diez pasos, vi una capa verde pálido.
Calista.
No estaba sola.
Con ella hablaba un hombre alto, de abrigo gris, sin sombrero, con la cara tostada por el sol.
Un humano.
Un hombre con callos de espada en las manos y una cruz de hierro en la solapa.
Un cazador.
Calista se rió, y le tocó el brazo.
Le entregó un papel doblado.
Me apreté contra el seto, sin respirar.
El hombre abrió el papel, leyó, asintió.
"El segundo baile", dijo en voz baja. "Puerta de servicio. Hecho."