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En esta vida no tengo corazón para amar, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La clínica de Creel

Lilia llega a una clínica en la Sierra Tarahumara y choca con el médico, Abraham. Le dice que ella no tiene corazón para amar, y una nevada cierra el camino.

El tren de la Sierra Madre sube despacio, entre barrancos que no se acaban.

Tardé dos días en llegar, con una mochila, el uniforme de campaña y una caja de mis libros de enfermería sobre las rodillas.

En Creel, el aire olía a pino y a leña.

Una camioneta del ejército me esperaba en la estación.

El soldado que manejaba no habló en todo el camino.

La clínica estaba al borde del pueblo, en una casa de piedra de dos pisos con tejado de lámina.

El patio estaba lleno de nieve vieja.

En la puerta me recibió un hombre alto y delgado, con un suéter de lana gris lleno de pelusas.

Tenía una taza de café en la mano.

Tenía el pelo castaño largo, recogido en una coleta baja, y una barba de una semana.

Me miró de arriba abajo, sin prisa.

"¿Usted es la enfermera?"

"Subteniente Lilia Orduña, del cuerpo médico. Vengo por traslado."

"Abraham Lucero. Médico." Me tendió la mano libre. "Soy civil, no hace falta que me salude con la mano en la sien."

"Es una costumbre."

"Qué mala."

"¿Perdón?"

"Aquí no tenemos tiempo para costumbres."

"Tenemos treinta camas, dos enfermeras de planta, una estufa que se apaga cada noche y un camión de oxígeno que llega cuando quiere."

"Usted me ayuda con eso, o se va por donde vino."

Lo miré.

Había algo burlón en la comisura de sus labios, aunque los ojos estaban serios.

"Ayudo", dije.

"Perfecto. Los zapatos de campaña los deja en la entrada. Aquí se usa pantufla."

"¿Pantufla?"

"El piso es de madera y se hiela."

Me dio unas pantuflas de lana tejidas a mano, grandes, de color mostaza.

Por la tarde, ya tenía el uniforme remangado y las manos metidas hasta los codos en una cubeta de agua con cloro, limpiando camas.

Abraham pasaba cada tanto con un historial en la mano y me miraba de reojo.

"No habla mucho", dijo a media tarde.

"Tampoco usted."

"Yo hablo con los pacientes. Usted parece tener miedo de abrir la boca."

"No tengo miedo."

"¿Qué la trajo hasta aquí?"

Me sequé las manos con una toalla.

Quise decir algo ligero.

"Una boda cancelada."

Él arqueó una ceja.

"¿Suya?"

"Mía."

"Qué bien."

"¿Qué bien?"

"Que la cancelara usted, y no él. Esas siempre salen mejor."

Me reí sin querer, un sonido corto, oxidado.

Hacía mucho que no me reía.

Abraham se quedó mirándome con una expresión rara.

"Perdón", dijo. "Mi mal humor es famoso en la sierra. No debería haber dicho eso."

"No, tiene razón."

"¿Lo quiso mucho?"

La pregunta fue tan directa que me dejó sin escudo.

Lo pensé.

Pensé en diez años de cartas, y en una línea de respuesta, y en el sabor del veneno.

"Mucho", dije. "Más de lo que merecía."

"Nadie merece que lo quieran menos."

"Yo sí."

"No lo creo."

"Doctor Lucero, voy a decirle algo para que no pierda tiempo."

"Dígame."

"En esta vida no tengo corazón para amar."

Lo dije sin dramatismo, como quien da un diagnóstico.

Abraham no se rio.

Se quedó callado un instante, y después asintió despacio.

"Qué conveniente", dijo. "Yo tampoco ando buscando el mío."

"Entonces nos vamos a llevar bien."

"Parece que sí."

Me tendió otra vez la mano.

Esta vez se la estreché sin saludar.

Su palma era grande, áspera, caliente.

Durante tres días trabajé de la mañana a la noche.

Cambié vendajes y medí presiones.

Aprendí los nombres de los pacientes: una anciana con neumonía y un niño con el brazo fracturado.

También el de un leñador con la pierna abierta por un hacha.

Abraham cocinaba en la cocina de atrás para todos los internados, con una paciencia de santo y una sazón de abuela.

El primer día me dio un plato de frijoles con tortilla, queso y chile de árbol.

El segundo, un caldo de res con verduras.

El tercero, una olla de pozole.

Yo comía con hambre.

Hacía diez años, en la otra vida, que no comía así.

Esa noche, al terminar el turno, salí al patio a respirar.

El cielo estaba cubierto de nubes bajas, grises, con un brillo lechoso.

El aire se había vuelto de pronto más frío y más quieto.

Abraham salió detrás de mí, con un abrigo viejo en una mano y su taza de café en la otra.

"Póngase esto", dijo, y me echó el abrigo sobre los hombros.

"No tengo frío."

"Es que va a nevar."

"¿Cómo lo sabe?"

"Huele a hierro."

Respiré hondo.

Era verdad.

El aire olía a metal y a cielo.

"Va a ser grande", dijo él. "De las que cierran el camino."

Se oyó un silencio absoluto sobre los pinos.

Y entonces, desde la oscuridad, cayó el primer copo.

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