En esta vida no tengo corazón para amar, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La nevada
La nevada duró dos días y dos noches.
A la mañana del tercer día, el camino estaba cerrado, la línea de teléfono muerta, y la luz iba y venía como un latido.
Abraham y yo nos turnábamos para dormir en el sillón de la sala de espera.
Nadie podía entrar ni salir de la clínica.
A las ocho, la puerta principal sonó.
No eran golpes de pueblo.
Eran golpes de alguien con prisa, a punto de caer.
Abraham abrió.
En el umbral, cubierto de nieve de pies a cabeza, había un hombre joven con un bulto envuelto en una cobija.
"Mi hijo", dijo, jadeando. "Mi mujer se quedó en la camioneta. No pude sacarla. Está atorada en el barranco."
Abraham me miró.
"Tráigame mi mochila y las cuerdas."
"Voy contigo", dije.
"No."
"Voy. Es una orden, doctor, aunque sea civil."
Se quedó callado un segundo.
Luego sonrió.
"Pantuflas fuera", dijo. "Botas de nieve."
Salimos juntos al frío.
El viento nos azotaba la cara, y la nieve nos llegaba a las rodillas.
Seguimos al hombre cuatro kilómetros por el camino viejo, con una linterna y una cuerda atada a la cintura.
Llegamos a la camioneta, medio enterrada en la ladera, con las ruedas colgando sobre el vacío.
Dentro había una mujer embarazada, azul de frío, inconsciente.
Abraham rompió la ventanilla con el codo.
Metió el brazo, le tomó el pulso, y me miró.
"Respira. Hay que sacarla ya."
"¿Cómo?"
"Usted por la puerta del copiloto. Yo la sostengo. Cuando le diga, tira de la cuerda."
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