Fingí Mi Muerte y Él Perdió la Razón, novela · Capítulo 5 de 12
Capítulo 5: Los nueve días
La misa de los nueve días se celebró en la iglesia de Miraflores, a las siete de la tarde.
Yo fui.
Aarón me lo había prohibido tres veces.
Le dije que necesitaba verlo.
Le dije que no iba a hacer nada.
Le dije que si no me dejaba ir, iría sola.
Terminó prestándome una peluca castaña de su hermana, unas gafas oscuras y un vestido negro largo.
Me miré en el espejo del baño.
No me reconocí.
Entré a la iglesia diez minutos tarde y me senté en la última banca, junto al confesionario, con un pañuelo de encaje en las manos.
El templo estaba lleno.
Reconocí a medio Miraflores.
Los socios de mi padre.
Mis antiguas compañeras de la facultad.
Los vecinos de la calle donde crecí.
Todos de negro.
En el altar, sobre un caballete de madera, habían puesto mi foto: la de la boda civil, ampliada, enmarcada en flores blancas.
Me costó tragar.
En la primera fila estaba Aníbal.
Lo vi de espaldas.
Los hombros hundidos, el cuello de la camisa flojo, el pelo sin peinar.
A su lado, una señora de pelo gris con un abrigo de lana negro.
Doña Gladys, su madre, que me había mirado de arriba abajo en la municipalidad como a una compra cara.
Más atrás, en la segunda fila, apareció Estefanía.
Llevaba un vestido negro entallado, el pelo recogido con un lazo de seda y el bebé dormido sobre el hombro.
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